Herencia española 5º aniversario

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Concurso de literatura historia de España "El navio prodigioso"

Relato escrito por Luis Alberto

Me preguntáis por lo más extraordinario que haya visto en mi vida, tal vez pensando que un Sísifo de la burocracia como yo no haya podido hacer otra cosa que nacer, vivir y aguardar la muerte en esta casa de la Contratación entre albaranes, recibos, legajos y cartas. Pues ha de saber vuesa merced que muchas maravillas han visto estos ojos que un día se comerán los gusanos. Muchas desde aquel día en el que mi padre, que por entonces era vector del difunto padre de Don Simón Ruiz en la feria de Medina del Campo, logró que me acogiese a su servicio Don Pedro de Rávago que era a la sazón Tesorero Real de su imperial majestad el César Carlos.

Por aquel entonces había en Medina nada menos que dieciséis bancos de feria y allí acudían no sólo mercaderes de las principales plazas de las Españas, de Burgos, de Sevilla y de Lisboa, sino que también llegaban otros muchos de Génova, de Amberes y de Brema. Pero mi padre tal vez se barruntaba que los vientos pronto soplarían desde otra dirección y decidió que lo mejor sería que su primogénito, es decir, el que os habla, buscase fortuna lejos de Medina. Y bien que acertó a juzgar como fueron evolucionando los asuntos del reino. Hoy Medina ya no es lo que era, apenas quedan dos bancos de feria y los negocios se los reparten entre esos advenedizos de Madrid que medran al amparo de la corte y los banqueros de esta Babilonia del Sur que es Sevilla. Allí ya sólo quedan el duro sol del verano, las crueles nieblas del invierno y los rebaños de ovejas.

Nada más entrar al servicio del tesorero Rávago pude asistir a las cortes del treinta y ocho en Toledo. Deslumbrante estreno para un mozalbete de quince años que de golpe y porrazo se encontró frente a representantes de las ciudades con voz en las Cortes, del alto clero y de la nobleza. Y es que por aquel entonces el César andaba, como siempre, escaso de dineros, mas aquella vez se topó con la negativa de la nobleza a aceptar el pago de la sisa. Ni la apelación al peligro Turco, ni a las oscuras maquinaciones del Francés, ni a la amenaza de los herejes les hicieron aceptar que, al menos en eso, se les emparejase con los pecheros. Jamás olvidaré como cada vez que asomaban mi amo o el secretario imperial en la sala donde se reunían los nobles estos le abucheaban y le gritaban aquello de "Márchese, no necesitamos aquí secretario alguno".

Pero eso no es más que un anticipo de lo que, algunos años más tarde, pude presenciar, un hecho absolutamente único cuyo relato responderá sin duda a vuestra pregunta acerca de lo más extraordinario que haya visto. Ocurrió en el año cuarenta y tres. Lo recuerdo bien puesto que fue el mismo año en el que el César marchó a Flandes y al Imperio. Eso fue por mayo y no se le volvería a ver por España hasta pasados seis años. También lo recuerdo por las instrucciones que le dejó al entonces príncipe de Asturias. Y bien que lo he de hacer puesto que mi señor intervino en su redacción ya que el César quiso mantener, con cierta lógica, alejados a los principales consejeros y Grandes de España. De esa manera a un servidor le tocó redactar con buena caligrafía las instrucciones que el César dejaba a su heredero.

Como decía el César había partido en mayo y le dejaba a mi señor un curioso encargo. Al parecer un marinero, erudito e hidalgo toledano de nombre Blasco de Garay había propuesto la construcción de un navío que habría de ser capaz de navegar sin necesidad de velas o remos aun en condiciones de absoluta falta de viento. No, no me mire así vuesa merced que no se trataba de brujería, que ya le contaré como podía ser tal portento. Recuerde que precisamente el mismo año en que se celebraron las cortes de Toledo el César había perdido quince navíos de guerra e incontables barcos de transporte en la malograda expedición a Argel y que la derrota debía escocerle bastante en el orgullo especialmente por haber sido ante corsarios al servicio del Turco. Nosotros, es decir mi Señor y yo, debíamos marchar a Barcelona en el mes de junio con el fin de evaluar la viabilidad técnica y económica de semejante empresa. En mi corazón no podía hacer sino tratar de imaginar los mecanismos más estrafalarios y esotéricos que explicasen como podía navegar una nave de aquella guisa. He de reconocer que al igual que le ocurre a vuesa merced ahora mismo, sin apelar a la magia o a la brujería no era capaz de concebir cómo podría ser tal cosa. Afortunadamente para mi curiosidad mi señor llevó consigo los informes de los ensayos previos realizados por el inventor y que no pude evitar leer.

Don Blasco de Garay se había dedicado al estudio de la filosofía y la mecánica movido por su anhelo de servir a la corona de la misma manera que su hermano había servido con el acero en Italia. Así tras muchos años de estudios y ensayos, en el mes de octubre del año treinta y nueve se encontraba en condiciones de realizar la primera prueba del citado navío en el puerto de Málaga. A tal efecto había incorporado un dispositivo de su invención en un viejo navío que pudo navegar casi a una legua por hora con una tripulación de dieciocho hombres, pero al parecer el dispositivo era muy embarazoso y provocó algunos desperfectos en la nave objeto de la prueba. Decidió entonces simplificar el ingenio que contaba inicialmente con varias ruedas con palas por borda e instalarlo en un navío de cien toneladas que a plena carga se desplazó a tres cuartos de legua por hora en una segunda prueba realizada en junio del mismo año. No ceje en su asombro vuesa merced puesto que semejante hazaña fue lograda con una dotación de apenas seis hombres. Más lento que la primera vez pero según constataban acreditados testigos superó claramente en velocidad a una galera al efectuar maniobras de ciaboga. Al menos así lo refería nada menos que Don Bernardino de Mendoza en el informe que remitió al César. En el mismo informe se especificaba que la nave contaba esta vez con una gran rueda con palas en cada borda que era movida por tres hombres que se iban alternando con el fin de mejor sobrellevar el esfuerzo. Pero el puerto de Málaga aun pudo presenciar una tercera prueba en la que la nave de Garay se midió con la galera Renegada que contaba con dos docenas de remeros por banda a la que aventajó en la rapidez de las maniobras. Le repito fíjese como media docena de hombres podían mover una nave casi tan grande y menos maniobrera que una galera con cuatro veces más remeros.

Nosotros íbamos, pues, a presenciar pues el cuarto intento y el primero ante testigos designados por la corona. Nada menos que el Gobernador Don Enrique de Toledo, el Vicecanciller cuyo nombre ahora no recuerdo y el Intendente de Cataluña que era por entonces Don Francisco de Gralla, amén de lo más granado de la sociedad barcelonesa.

Mi señor, Don Pedro de Rávago, aparentemente no estaba nada convencido de la idea del inventor pues temía que se tratase de otro aprovechado tratando de sacar una pensión del tesoro real con algún disparatado dispositivo que no iba a funcionar. Además, me dijo leyendo la descripción que Don Blasco había remitido a la corona, que el mecanismo parecía caro y complicado y que temía que el mecanismo de ruedas y engranajes pudiese causar graves daños a las naves y a la dotación tal y como había ocurrido en la primera prueba que había tenido lugar en Málaga. Pero tanto insistía en las pegas que ponía al invento de Don Blasco y tanto se entretenía discutiendo éste detalle o aquel otro que yo estaba convencido de que el severo tesorero no estaba menos emocionado que yo y que le podía la curiosidad por comprobar si sería posible tal prodigio. Por mi parte iba yo imaginando entonces galeras impulsadas por ruedas, sin remos ni aparejos y erizadas de cañones e infantes dispuestos a abordar las naves del Gran Turco.

No es de extrañar pues que al llegar a nuestro alojamiento en Barcelona, no tardase ni un suspiro en enterarme de dónde preparaba su nave Don Blasco, ni de que aprovechase que mi amo cenaba en casa del Gobernador la noche antes de la demostración para acercarme a ver la nave prodigiosa antes que nadie.

A duras penas logré burlar la ronda del puerto y, entre las sombras, acercarme como si en vez de dedicarme a las letras y a los números no hubiese hecho otra cosa en mi vida que participar en encamisadas y asaltos nocturnos. Se trataba de una nao de nombre Trinidad que había traído un cargamento de trigo desde Colibre a Barcelona y a la que le habían montado dos enormes ruedas por borda. Estaba yo admirándola embelesado cuando una sombra se deslizó por uno de los cabos con los que la nao estaba sujeta al muelle. Pronto fue seguida por otra y aun por una tercera y una cuarta. No me planteé otra posibilidad de que se tratase de enviados del Gran Turco que querían hacerse con el navío prodigioso para usarlo en sus malévolos designios. Con el mayor de los cuidados me acerqué hacia la nave cuando tras un tonel me topé con uno de los presuntos espías y con un valor que no me era propio le propiné una patada en sus partes pudendas. Mientras el merodeador soltaba un mudo gemido de dolor al caer al suelo, corrí hacia la plancha gritando para alertar a la tripulación.

Otro de los bellacos me salió al paso y la luz del fanal de la nao brilló en la hoja de una daga. Por suerte para mí resbalé en un charco y me alejé rodando tratando de eludir a mi agresor que había lanzado una puñalada en el vacío. En la nao se oían ya voces, juramentos y entrechocar de aceros. Eso pareció distraer a mi oponente y yo, de nuevo actuando contra mi natural cobardía trabé su pierna derecha con las mías y le hice caer al suelo. Rodamos mientras el trataba de clavarme su daga y yo de quitársela hasta que volví a topar con el tonel. Nuestro singular combate se tornó en una pugna, él trataba de acercar su daga a mi cuello y yo de mantener éste intacto. Desgraciadamente para mí, mis brazos no estaban habituados a esos esfuerzos y su acero se fue acercando lenta e inevitablemente a mi pellejo. Temí que mis desventuras acabasen en ese momento, pero ocurrió algo inesperado. Una bota se estrelló contra la cara de mi agresor que acabó cayendo al agua.

Una mano fuerte me agarró por el hombro y me ayudó a levantarme. Se trataba del capitán de la nave, un tal Pedro de Escarza, que me abroncó por rondar por el puerto a hora tan tardía y me agradeció por haber dado la voz de alerta aun en presencia de dos de los maleantes. Me condujo a bordo de la nao donde, ¡oh gracia divina!, me encontré con el propio inventor que por la cara que ponía no acababa de comprender lo ocurrido. Es natural en los filósofos ese tipo de actuar ya que sus mentes suelen vagar lejos de las preocupaciones del mundo.

En la cubierta se encontraban además tres o cuatro tripulantes armados con toscos sables que mantenían retenidos a un par de asaltantes junto al palo mayor. Allí aguardamos la llegada de los corchetes de la ronda que se hicieron cargo de los asaltantes. Resultaron ser unos malhechores que iban detrás del cargamento de grano, pero nada de espías, ni de ladrones al servicio de la Sublime Puerta.

Don Blasco se ofreció entonces a mostrarme el dispositivo y así, impulsado por mi curiosidad y su orgullo, me fue explicando como los operarios movían las ruedas cuya potencia era ampliada por sucesiones de engranajes que a su vez harían girar las ruedas con palas que impulsaban el barco. Según él con su invención la fuerza desarrollada por un hombre se multiplicaría como si se tratase de media docena.

Al terminar su demostración y viendo mi profundo interés y mi sincera admiración, decidió acompañarme con alguno de sus mozos a la residencia de mi Señor. Mientras caminábamos me fue hablando de otros proyectos que tenía como un sistema para lograr que los hombres se moviesen debajo del agua respirando como si estuviesen sobre ella, de una máquina para recuperar objetos hundidos, de otra para ver debajo del agua y aún de otra para hacer que el agua salobre fuese buena para beber. Al despedirnos me animó al estudio de la filosofía y de la mecánica, alegando que sería para el reino muchísimo más provechoso que si me dedicaba a las leyes o a la carrera eclesiástica.

No, no me mire así vuesa merced que lo de respirar o ver debajo del agua no era cosa de brujería tampoco. Cierto es que eso no lo vi, pero pude comprobar que se trataba de un hombre tremendamente sabio y la prueba es que la demostración de su invento fue un éxito. El día de la demostración la Trinidad navegó una legua en una hora y superó a una galera tanto en velocidad como en rapidez de maniobra. ¡Pero si podía virar en redondo dos veces en lo que una galera lo hacía una! Mi señor estaba entusiasmado y calificó la prueba de satisfactoria, de hecho durante el camino de vuelta fue redactando su informe en el que exponía cómo se podía hacer el navío más fuerte para ser llevado a la guerra y, aunque le preocupaba que los operarios se cansaban tanto como un galeote, recomendaba al César que se valorase el proyecto.

Sé que se preguntará que en que quedó todo, que nunca se han visto ni se verán tales naves, ni tan siquiera en la Felicísima Armada que está organizando el Segundo Felipe. Le diré que a Don Blasco de Garay le promocionaron un grado y le obsequiaron con doscientos mil maravedíes, pero el proyecto cayó en el olvido. Tal vez era muy costoso o tal vez el mar de preocupaciones que ahoga los soberanos se llevó semejante idea a otras costas. A mí me quedó la imagen imborrable de la Trinidad maniobrando en el puerto de Barcelona un soleado diecisiete de junio.

2 comentarios:

Prospector dijo...

Me ha sorprendido gratamente, la trama es realmente original, como un adelanto de Julio Verne.

Luis Alberto dijo...

Pues es real. Según algunas versiones se trataba de una máquina de vapor, pero lo más probable es que fuese un mecanismo de ruedas movido por fuerza humana. La primera máquina de vapor realmente documentada fue también española en la primera década del siglo XVII y fue construida por el navarro Jerónimo de Ayanz.


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