Herencia española 4º aniversario

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29/01/2009

Carnaval de Cádiz 2009

Para los que no tenéis ocasión de conocer uno de los mayores eventos tradicionales españoles,o
para los que ya lo conocéis pero no tenéis posibilidad de seguir el concurso, os damos este enlace donde podéis seguir,tanto en directo como diferido, las agrupaciones que forman el Carnaval de Cádiz.
Ir al enlace

Espero que lo disfrutéis ¡Blammm blammm!

27/01/2009

Concurso de literatura de aventuras historia de España "EL SITIO DE CORDOBA, LA DEL NUEVO MUNDO"

Este relato lo escribe: Luis R. Carranza Torres
Nacionalidad: Argentina.

EL SITIO DE CORDOBA, LA DEL NUEVO MUNDO


Por Tristano



Tristán de Tejeda, hijodalgo, capitán de soldados, vecino feudatario de la Córdoba de la Nueva Andalucía, debidamente fundada, conforme ceremonia al efecto, pero aun sin edificar ni en su primera piedra, marcha al paso, en un jamelgo flaco, hacia su destino.

Lo hace desde el fuerte en que los cordobeses del nuevo mundo, perdidos al sur de todo sur conocido, en esos dominios americanos de su majestad don Felipe II. Allí donde se hallan desde hace semana y media, sitiados por indios comechingones; quienes llegaron para exterminarles, justo en una noche en que su deidad, la luna, brillaba al completo en el cielo nocturno.

Bajaron desde las serranías situadas al poniente, por miles, pintados sus cuerpos, la mitad en negro y la otra en rojo. Con collares de cuero en sus cuellos, dados por sus chamanes, para protegerse de las balas hispanas.

Divididos en cientos de pequeñas tribus y hablando dos dialectos de una misma lengua, por vez primera se muestran unidos. El mérito es de Citón, nuevo cacique de caciques, cuyo liderazgo ha conseguido lo que muchos pensaban imposible.

Sólo un líder de su talla, con tal poder de convencimiento, con tal odio hacia los recién llegados, podría haber coronado la empresa con el éxito masivo que ahora se presentaba ante las murallas de los destinatarios de su ira.

Citón quiere ver expulsados a los españoles de estas tierras, y en particular, odia a Tejeda. “Pronto los españoles no serán siquiera un recuerdo”, les ha dicho a los suyos, en su marcha al fuerte.

Desde un improvisado atalaya, de armazón de troncos y techo de paja brava, en el fuerte de barro y madera, Tristán de Tejeda, encargado de defender la ciudad, y sus lugartenientes en tal difícil empresa, los ven llegar y asentarse en los faldeos cercanos al fuerte. Convergían sobre ellos, con mazas, lanzas o arcos y flechas, y la paciencia que da el tener una ventaja abrumadora en el número.

Debajo de ellos, podían sentir el temor de los hombres y mujeres a quienes debían de guardar. Si hasta los niños habían dejado sus juegos y travesuras, para mirar, junto a los adultos, hacia el alto donde estaban ellos. Esperando sus palabras como si de Dios viniesen.

Los soldados, en tanto empezaron a bruñir las rodelas y comprobar sus arcabuces. Son menos de cincuenta, con más doscientos yanaconas, naturales que se hallan en el ejército de su majestad, para intentar toda defensa.

Tejeda los observa, a estos indios altoperuanos libres, sumados a la expedición en el Cuzco, preparar sus armas. Pelearán bien, como siempre lo han hecho. Se trata de antiguos esclavos de los reyes incas, a quien el padre del actual rey, el buen Carlos I de España y V del Sacro Imperio, por real cédula del 26 de octubre de 1541, les ha dado su libertad plena y sin condición alguna, mandando a todos, que a nadie se le ocurra importunarlos. Luego de siglos de dominación, su agradecimiento a la corona que los liberó es tal, que muchos de ellos se han alistado bajo su estandarte, sirviendo con el mayor coraje y lealtad, en todas las expediciones de guerra, exploración o conquista, en esta parte del orbe hispánico.

Saben su oficio”, pensó Tristán hacia sus adentros. Procurando no develar que lo visto, le ha dado escalofríos hasta en los tuétanos.


* * *


Primero redujeron a la nada, todo lo construido extramuros. Quintas, sembrados, corrales, molinos.

Todos los habitantes de Córdoba, sin excepción, guiados por la curiosidad, se agolparon en las murallas para mirar el desalentador espectáculo.

Citón sabía por sus espías, indios dentro del fuerte que servían para los españoles, que los españoles eran pocos. Olvidados por los suyos, vestían con toda pobreza. Se habían detenido las construcciones y la erección de la ciudad en el emplazamiento designado, a corta distancia del fuerte, se demoraba día a día. Por ello, bien sabía bien que difícilmente tendría otra oportunidad en que los hallase tan débiles, y esta dispuesta a no dejar que se le pasase.

Por eso mismo, había rechazado toda negociación, negando al grupo que por dos veces salió de la fortaleza, al cual una lluvia de flechas indicó que de su parte nada se tenía para conversar.

Esa noche, los cordobeses del nuevo mundo, contemplaron los fuegos enemigos, tan cerca de sus muros, sintiendo que el corazón se les estrujaba. Tales hogueras resultaban ser, más numerosas que las estrellas que se muestran en el firmamento. Bien sabían todos, que no se trataba de una simple batalla que deben ganar, por el derecho de asentar aquí sus reales como ciudad española, sino de su propia supervivencia.

Con el amanecer, son atacados, previo repartimiento en masa entre sus atacantes, de su bebida de guerra, hecha a base de vainas de algarrobo fermentado.

La aloja bajó por todas las gargantas de quienes iban al asalto, no demasiada, sólo en la cantidad suficiente para hacer nacer el valor.

Por toda arenga, Citón dio el grito de guerra que tenía entre los suyos, de tanto tiempo que nadie sabía decir desde cuando se profería. “Que la sangre de los enemigos riegue nuestra tierra”, dijo. Y los lanzó contra la muralla de los recién llegados.

Una lluvia de flechas incendiarias precedió al asalto general, efectuado desde todo punto posible. Lo lideraba Citón en persona. Maza en mano y coronado por una gran toca de lana clara, cubierta de abalorios y plumas de loros barranqueros de las serranías.

Avanzaron en cerradas formaciones de ataque, con un primer escalón compuesto de arqueros flecheros; un segundo conformado por hombres que iban armados con una lanza para el combate cuerpo a cuerpo; luego marchaban los jóvenes guerreros que con hondas de cuero arrojaban grandes piedras; por último aparecían los guerreros portadores del fuego, provistos de antorchas con las que quemaban todo lo que encontraban a su paso.

De lejos, los defensores abrieron fuego con los dos humildes cañoncitos que guardan en oblicuo sendos vértices del fuerte, siguiendo luego con sus arcabuces. Echan algunos a morder el polvo del suelo, pero son demasiados para lograr algo. Y los comechingones llegan hasta los muros.

Asalto tras asalto, los cordobeses, empujaron las escalas que conseguían asentarse en sus murallas. Disparando contra todo el que se aproximaba. Pero la fuerza del número, cada vez con mayores ínfulas, imponía su presencia. Y eran más y más, los que cada vez, conseguían trepar hasta arriba. En donde, españoles y yanaconas aliados, los esperaban con sus cuerpos, sus aceros, el pendón real y el recién hecho de la ciudad.

La lucha se convierte entonces, en una cuestión personal. Pelea el hombre contra el hombre. Espadas y picas, contra mazas y arcos. A suerte o verdad, en todos los casos. “Santiago y cierra españa”, es el grito más escuchado de todas aquellas luchas.

En tal escenario de destrucción, uno pelea y apenas tiene tiempo de mirar a cuántos se carga. Se sigue adelante, y que el diablo reconozca a los suyos. Ni se pide ni se da cuartel. Vale todo. Sin lugar a florituras ni sutilezas, haces lo que sea para mantener la vida. Porque no hay lugar para errores, ni dar ventajas. Porque en esta contienda maldita, si logran mandarte a criar malvas, te vas y no vuelves. Sin que importe por qué estás allí. O su tu mujer está encinta, o si tienes que llenarle la barriga a cinco críos, o mantener a tu madre tullida.

En tal sitio no hay rey, ni virrey, ni corregidor que valga. Tampoco cacique o chaman, que se acerque a echarte una mano en el entuerto. El guerrero indígena y el guerrero español están igualmente solos, entre tanta gente que lucha. Espantosamente solos. Y como verán todos muy pronto, lo más fácil en este cuento del demonio es matar. Pero seguir cuerdo después de haber matado y visto morir en mil formas distintas, esa es otra historia.

Luchan de día y de noche. Citón rotaba sus tropas, en tanto los defensores peleaban de continuo. No había más pausas que para recomponer los vacíos en sus escuadrones de ataques, que los españoles le dejan, asalto tras asalto. Sabe el líder de los comechingones que la victoria será suya, aunque la cosa se esté alargando más de lo que pensaba, y sus pérdidas sean ya mucho mayores a lo que nunca hubiese podido imaginar.


* * *


Don Tristán sabe que no podrán resistir mucho más. Rara excepción es quien no está herido por algún chuzazo o punta de flecha, y se les acaban de concluir sus municiones. Un tercio de los defensores ya ha muerto, y los otros dos que siguen vivos se hallan al límite de sus fuerzas.

Por ello, antes que muera uno de esos interludios de sosiego entre los combates, pide su caballo para dirigirse al campo enemigo.

En su camino se cruza Leonor, esposa suya, con el pequeño Juan en brazos, hijo de ambos. El crío, que había roto cientos de veces la tranquilidad de las noches con sus llantos, estaba ahora, en medio del ruido y todo el ajetreo de la defensa, durmiendo a pierna suelta.

Corre por sus venas, tanta sangre española como indígena, noble por ambas partes. A él pertenecerá esta tierra, si logran dejarse de matar los unos a otros.

Su mujer es princesa india por derecho, y tiene entre los suyos reputación de hechicera, así como de lectora de los futuros humanos. Le mira con esos ojos pardos suyos, tan bellos, y Tejeda supo que en esa mirada sabría lo que habría de pasarle.

Ella no atina a decirle o no, y él no preguntó nada.

Sólo le digo, mi señora, que ha sido la única dueña de mis amores”, le dijo y picó espuelas fuera del reciento fortificado, antes que el sentimiento pudiera jugarle una mala pasada.

Lamentó no poder haberse echado encima del cuerpo sus mejores ropas, para ir al encuentro de ellos, por una cuestión de formas y respetos.

En todo caso, lucharía, vencería o moriría con lo puesto. Prendas rasgadas por sitios varios, cubiertas de polvo, sudor, sangre propia y enemiga. Y aromatizada por la pólvora y el olor del miedo.

“Por todo lo que debí pensar y no pensé, por todo lo que debí decir y no dije, por todo lo que debí hacer y no hice, te imploro, mi Dios, tu perdón y benevolencia”, oró en sus pensamientos.

Sintió los goznes de la puerta del fuerte proferir un chirrido al cerrarse esta tras de sí. Poco menos de cien pares de ojos, no le perdían movimiento en su periplo.

Fue al tranco, directamente hacia ellos. Tan débil estaba su monta, que sentía los calambres de la noble bestia al portarlo. Por su parte, él no estaba en mejores trazas. Apenas si había comido y dormido, desde que el sitio principió.

Los indios lo miraron con curiosidad. Cuchicheaban por lo bajo a su paso. La multitud guerrera se abrió como las aguas del mar rojo para que siguiera su marcha. Sólo uno, cuatrocientos pasos más adelante, plantó su humanidad cerrándole el camino.

Citón en persona. Esperándole con su maza en la diestra. Como si supiera que tal cosa había ha ocurrir, desde siempre.

Le dijo su nombre, y sus condiciones. Pelearían a muerte, por el destino de muchos. El bando perdidoso, debería partir del lugar, sin volver para incordiar al otro.

¿Por qué aceptaría, el líder comechingón, si estaba a un palmo de lograr su victoria?

Tristán lo vio en sus ojos. Era un asunto de honor.

Tenía la misma mirada de aquel otro, que con un grupo emboscó en las sierras a una partida a su mando. Tejeda había matado, en lucha franca, al hermano de Citón. En una de las expediciones a esas sierras, de las cuales habían bajado ahora sus atacantes. Y ahora venía a ofrecerle la posibilidad de vengarlo, en iguales términos.

Se decía que ambos hermanos, eran tan iguales como dos gotas de agua. Tejeda venía ahora a comprobar la veracidad de tales pareceres. Era una extraña sensación, ver allí parado, a un hombre idéntico al que ya has luchado y matado.

Demasiado tentador para que ningún guerrero pudiera negarse. Y ciertamente, el cacique de caciques no fue la excepción.

Libraron entonces, su personal combate en la mitad de la tierra de nadie, a igual distancia del fuerte y el acantonamiento indígena, desde donde, uno y otro bando, se apiñaban para observar el lance.

En los primeros momentos de la lucha, se dedicaron ambos a estudiar al otro. Sabedores, cada cual, que estaban frente a un guerrero experto. Ante quien el más mínimo error en el lance, sería aprovechado en su contra. No había odio ni miedo, en los ojos de ninguno. Sólo el frío cálculo de cada gesto, cada movimiento del oponente. Para replicarlo a favor suyo.

Luego del juzgamiento visual inicial, Citón arremetió contra Tejeda dando horribles gritos, pero éste lo esperó a pie firme. El atacante blandió y arrojó su maza, capaz de romper la mejor espada toledana o el cráneo de mayor dureza, con descomunal energía a su contrincante, pero el hispano reaccionó con agilidad y evitó el golpe.

Siguieron de tal forma, alternándose ataque de uno y defensa del otro, por un largo rato. Sin que ninguno consiguiera desequilibrar al contrario.

La pelea estaba igualad y se alargó sin definirse. Demasiada fuerza contra demasiada astucia. Demasiada técnica contra una suprema fuerza de voluntad.

En los observadores de uno y otro bando, alternábanse los gritos y sonidos de algarabía y decepción, conforme que el destino de la justa pareciera encaminarse al lado propio o al ajeno de la pugna.

En un instante de descuido del hispano, el cacique comechingón se le echó encima, y con golpe demoledor de maza, lo arrojó al suelo.

El mar de rostros indígenas se levantó un grito de alegría en cuanto se desvaneció el polvo producido por la caída de Tejeda. Los soldados y el pueblo de Córdoba quedaron absortos por la preocupación. El solo pensamiento de la derrota, tan temida, se les presentaba como inevitable.

Pero la victoria es tan engañosa como esquiva, no pocas veces, y esa fue una de ellas. Por lo que cuando Citón, creyendo ya haber ganado, se disponía a descargar su golpe de gracia sobre el caído, dejó a la fatalidad caer sobre él.

Para asegurar el golpe, echó hacia atrás la maza, asiéndola con ambas manos. Fue el instante que aprovechó Tristán para atacar en el punto débil que acababa de descubrirle. Y hundió su acero en el vientre de su adversario, de abajo hacia arriba, en oblicuo. Citón cayó de improviso al suelo, con la mirada hacia el cielo, y una expresión de incomprensión en su rostro.

Había muerto.

Los comechingones recogieron el cuerpo de quien, hasta un instante, los había liderado, a todos y por vez primera. Lo lavaron y se le vistió con una larga prenda de mangas largas y cuello cerrado, que llegada hasta más allá de las rodillas, cubierta de todo tipo de pedrería y valvas de caracoles. Sobre su cabeza colocaron una toca de lana, igualmente decorada. Y calzaron sus pies con usutas, sandalias, que ningún suelo habían pisado, ni pisarían nunca.

Prepararon una improvisada plataforma de ramas, a la que cubrieron con unas mantas multicolores. Allí depositaron el cuerpo; de costado, hacia un lado, el izquierdo. Con las piernas recogidas y sus brazos hacia el pecho.

Tristán subió a su cabalgadura. Como pudo, maltrecho como estaba. Al pasar por donde estaba el cuerpo de Citón, detuvo su marcha. Y se acercó a poner su espada, a modo de póstuma ofrenda, sobre el pecho de su enemigo.

Aun en la muerte, y cerrados sus ojos para no volverse a abrir sino ante el juicio definitivo de Dios, su aspecto era intimidante.

“Ve con Dios”, le dijo. “Que no hay bendición más ponderable para un soldado, que un enemigo digno”.

Divididos en ayllus, sus tribus de siempre, con sus caciques menores al frente de ellos, todos los comechigones se encaminaron al poniente, regresando a las sierras de dónde habían bajado. El cuerpo yacente de Citón, cargado en hombros, abría la marcha. Rodeado de sus hechiceros, que desgranaban especies de rimas en voz baja.

Del fuerte, quienes había salvado, le abrieron las puertas y salieron a festejarle. Desfiló Tejeda por la derruida población, en medio de gran algarabía. Todos pugnaban por acercarse a él y palmearle, abrazarlo, felicitarle.

La población tomó la victoria en recio combate de Tristán, como una confirmación divina de su destino de asentarse allí, y la agradeció con grandes festejos.

El vencedor asistió a la misa de acción de gracias que se celebró inmediatamente, en la sencilla ermita del fuerte. Pero no tomó parte en los festejos que siguieron.

Taciturno, se retiró a su solar. En la embriaguez de la victoria, pocos repararon en su faltazo.

Lleva enquistada en su alma, la cuestión de haber tenido que dar muerte a Citón. No le cabía ninguna duda, que había tratado con el hombre más valiente con que se hubiese medido nunca, y librado el más dificultoso combate de su existencia.

Gloria al heroico vencido”, pensó con amargura. “De haberse dado las cosas distintas, quien sabe hasta podríamos haber sido amigos, en lugar de tener que matarnos”.

26/01/2009

Ciudades para el siglo XXI - Santa Cruz. (Documental)

Santa Cruz - La laguna. Ciudades bajo el volcán sinopsis. San Cristóbal de la Laguna y Santa Cruz de Santiago de Tenerife, son dos ciudades relacionadas desde su fundación, hace quinientos años.
Ver documental online

Andalucía desde el cielo (Documentales)

"Andalucía desde el cielo" es una serie documental, de 13 episodios, de carácter histórico cultural que trata de la diversidad y riqueza de la realidad andaluza, desde una perspectiva inusual, sin renunciar a los valores paisajísticos y, por tanto, divulgativos, publicitarios y de promoción de la región.

Pinchando los enlaces podeis ver los capitulos online

Andalucia desde el cielo
Pueblos blancos
Territorio de frontera
Arquitectura y religión
Cordoba Jaen y Huelva
El rio grande
La huella del hombre
Sevilla y Cadiz
Andalucia natural I
Andalucia natural II

24/01/2009

Revista Filipina Carayanpress

Tengo el placer de presentaros la revista Filipina digital Carayanpress, editada y escrita en español.
Este espacio se renueva trimestralmente y esta presente en internet desde 1997.
Aquí os paso la editorial del ultimo numero. XII invierno 08-09.
Espero que sea del interés de todos los hispanistas.

EDITORIAL

En los dos últimos números, hemos publicado un artículo sobre Rizal por Brooke Cadwallader que en este número expresa en una entrevista con Andrea Gallo sus recuerdos de Filipinas. He tenido varias conversaciones telefónicas con Brooke que ahora vive en Francia, y hemos hablado de varios temas, en particular, estos recuerdos del viejo Manila y Filipinas cuando en los 1950s, era normal hablar el español. Nos acordamos no sólo de nuestros padres y tíos, sino cualquiera en Manila entendía el español.

En este número, publicamos los artículos de tres miembros del Círculo Hispanofilipino, Juan Hernández Hortigüela, un historiador madrileño que se especializó en la Historia Filipina durante el período español; otro del Dr. Enrique Javier Yarza Rovira que reproducimos de la revista red ARBIL, Anotaciones de Pensamiento y Crítica (No. 52 ); y algunas opiniones críticas de Jose Mario Alas sobre la presidenta Gloria Macapagal de Arroyo y sus intenciones de promover el español en Filipinas.

Hemos descubierto en estas últimas semanas Seda, una revista de estudios asiáticos, basada en Argentina, y con el permiso del director Damián Blas Vives, reproducimos un cuento filipino traducido al español por Darío Seb Durban.

Incluímos también un informe sobre una reciente antología de la literatura española preparada por Pablo Cuevas Subías; y al final, dos cartas enviadas al Círculo Hispanofilipino por el académico Guillermo Gómez Rivera y Juan Hernández Hortigüela sobre las situación de la Academia Filipina y el Instituto Cervantes en Manila que reproducimos aquí.

Esperamos recibir sus comentarios, queridos lectores, sobre estos artículos y cualquier otro aspecto de Revista Filipina que quisieran escribir, para luego poder incluirlos en nuestra sección de Cartas.

EF

22/01/2009

Leyenda Negra Anti-Española del Genocidio Indigena

Este video lo edita: unrealbug
Por lo tanto, las denuncias de Bartolomé de Las Casas fueron tomadas radicalmente en serio por la Corona española, lo cual la impulsó a promulgar severas leyes en defensa de los indios y, más tarde, a abolir la encomienda, es decir, la concesión temporal de tierras a los particulares, con lo que causó graves daños a los colonos.

Jean Dumont dice al respecto: «El fenómeno de Las Casas es ejemplar puesto que supone la confirmación del carácter fundamental y sistemático de la política española de protección de los indios. Desde 1516, cuando Jiménez de Cisneros fue nombrado regente, el gobierno ibérico no se muestra en absoluto ofendido por las denuncias, a veces injustas y casi siempre desatinadas, del dominico. El padre Bartolomé no sólo no fue objeto de censura alguna, sino que los monarcas y sus ministros lo recibían con extraordinaria paciencia, lo escuchaban, mandaban que se formaran juntas para estudiar sus críticas y sus propuestas, y también para lanzar, por indicación y recomendación suya, la importante formulación de las "Leyes Nuevas". Es más: la Corona obliga al silencio a los adversarios de Las Casas y de sus ideas.»

Para otorgarle mayor autoridad a su protegido, que difama a sus súbditos y funcionarios, el emperador Carlos V manda que lo ordenen obispo. Por efecto de las denuncias del dominico y de otros religiosos, en la Universidad de Salamanca se crea una escuela de juristas que elaborará el derecho internacional moderno, sobre la base fundamental de la «igualdad natural de todos los pueblos» y de la ayuda recíproca entre la gente.


21/01/2009

Empire: Total War

El nuevo juego de Sega, Empire: Total War nos pone al mando de un ejército del siglo XVIII. Mediante un sistema de estrategia en tiempo real, deberemos comandar a nuestras tropas para alzarnos con la victoria.

El nuevo juego de Sega, Empire: Total War nos pone al mando de un ejército del siglo XVIII. Mediante un sistema de estrategia en tiempo real, deberemos comandar a nuestras tropas para alzarnos con la victoria.

El juego incluirá novedades relevantes, como poder esconder a nuestras unidades en edificios (como en Command & Conquer) para mejorar sus cualidades y estando a salvo del fuego enemigo.

Empire: Total War estará a la venta a partir del 6 de Febrero, para PC. El trailer que os mostramos vereis imágenes del juego que nos aconsejan cómo hacer frente a los ejércitos enemigos.

Ver video

Mas información y videos

14/01/2009

Relatos presentados al 1ºconcurso de literatura de aventuras historia de España.

Me complace anunciaros a todos que están entrando los primeros relatos al concurso.
Aquí os dejo la lista de historias presentadas.
Espero que disfrutéis de ellas tanto como lo hago yo. Id tomando nota, que después os toca votar a los mejores. ;)

- El navío prodigioso. Escrito por Luis Alberto.
- La fe Escrito por Garcilaso el Joven
- Golpe de mano en el Misisipi Escrito por Fernando de Castro.
- El sitio de Córdoba, la del nuevo mundo. Escrito por: Luis R. Carranza Torres.
- Vasco Cortés. Escrito por Miguel Gallardo Gomez
- Carta desde Santiago de Cuba Escrito por Ramon Garcia


Gracias a todos los autores por participar.

Herencia Española se reserva la facultad de publicar en los medios que considere oportunos, todos o algunos de los trabajos presentados, premiados o no. En caso de realizarse dicha publicación, la organización será la propietaria de los derechos de autor de la primera edición, manteniendo los autores la propiedad intelectual de su obra. Si la obra premiada fuera publicada por el propio autor, deberá hacer constar la obtención de dicho premio en este certamen.

Queda totalmente prohibido la difusión de estas obras en otros medios sin permiso explicito de Herencia española.

Concurso de literatura de aventuras historia de España "Golpe de mano en el Misisipi"

Relato escrito por: Hugo Álvarez Patiño
Pais: España

Las piraguas cortaba el Gran Río al ritmo de las paladas de sus ocupantes. Su piel cobriza estaba marcada por el sudor y las pinturas de guerra. Las hachas de pedernal se balanceaban en sus cinturas, teñidas de sangre y los mosquetes apestaban a pólvora quemada. Llevaban adornos de cuentas de vidrio y camisas robadas a los ingleses. De ellos no se limitaron a saquear cualquier cosa que pudieran transportar, si no que habían conseguido dos cautivas.

A Namid, el jefe de aquella partida guerrera, le causaba un retorcido placer llevárselas con él, después del continuo menosprecio que había recibido del pastor. Ahora estaba muerto bajo su cuchillo, su cabellera era un nuevo trofeo de guerra. Aun no había decidido el destino de aquellas atemorizadas chiquillas. Quizás las hiciera sus esposas o las vendiese como esclavas. Lo resolvería cuando estuvieran a salvo.

En un brazo de tierra que dividía el Gran río en dos, un pequeño poblado de la tribu de los chactás se anunciaba acogedor. El sol declinaba y aunque conocía aquel río como la palma de su mano, sabía por experiencia que era arriesgado continuar en la oscuridad por aquellas aguas, la zigzagueante cicatriz de su brazo así se lo recordaba todos los días. La gente del pueblo los vio acercarse y los esperaron en la ribera.

– Ser bienvenidos a mi casa- les invitó el jefe Mikys’wi. Era un hombre anciano, de larga melena gris, vestido con una camisa azul estampada y un taparrabos blanco. Calzaba mocasines del color de la arena, adornados con cuentas de colores. La mayor parte del poblado compartía aquella indumentaria híbrida, señal de que los comerciantes blancos habían alcanzado aquel remoto poblado ribereño.
– Gracias, aceptaremos gustosos vuestra generosa hospitalidad durante esta noche. Al salir el sol debemos continuar remontando el río hasta nuestros territorios.
Descargaron el botín obtenido en su razzia y lo ofrecieron al anfitrión. Había espejos, herramientas, tejidos y muchas otras cosas de valor.

El anciano las contempló con interés pero no cogió nada. Los otros miembros de aquel poblado se acercaron, examinaron todo con sumo cuidado y tomaron alguna de las cosas de menor valor. Namid se sintió ofendido ante aquel desprecio. Poco a poco fue surgiendo la desconfianza. No era aquel un poblado particularmente rico, apenas un puñado de casuchas que se descolgaban hasta el río.
– La cena está servida-anunció el anciano jefe- Por favor, acompañaros junto con nuestros otros invitados. Namid receló pero eran mucha mayor la curiosidad que su prudencia.
–Lo haremos enseguida. Sus hombres sacaron a las jóvenes de las barcas a empujones y las ataron a unos árboles cercanos, donde no podían perderse de su vista.
- ¿Son blancas?- preguntó el jefe Mikys’wi. Su frente se convirtió en un mapa de arrugas.
- Son las hijas del pastor Compton. Atacamos su poblado después de que lo hicieran los otros blancos, cerca del fuerte inglés.
El anciano movió la cabeza afirmativa, como si aquello no lo cogiera de sorpresa. Le palmeó la espalda con afecto y lo indicó un lugar privilegiado alrededor de las chispeantes hogueras del hogar.
– Después de cenar quiero que me hagas el relato mas detallado posible de vuestra hazaña guerrera-insistió el jefe de la aldea- Seguro que nuestros amigos os lo agradecerán.
A su alrededor se encontró un grupo de blancos y que precisamente llevaban su uniforme de ese mismo fantasmal color. Cubrían la cabeza con sombreros de tres picos y se apoyaban en sus relucientes mosquetes. Los jefes destacaban del resto por llevar largos cuchillos, sables, los habían llamado en su lengua. Uno de ellos, menudo y con el pelo amarrado con una coleta, hablaba en francés con los otros principales del pueblo.
El que debía ser el capitán del grupo se limitaba observar lo que allí sucedía como si fuera la primera vez que lo contemplaba. En otra parte de la circunferencia que creaban los asientos de troncos y las crepitantes hogueras, de las que colgaban ollas nuevas, un soldado de gruesos bigotes le reía las gracias a una niña.

- ¿Quién son estos?- preguntó Namid con cierto desprecio. No le gustaban los blancos. Llegaban con promesas de comercio y amistad pero no respetaban las tradiciones ni a sus hombres santos.
– Son amigos de Mikys’wi y su pueblo. Vinieron con regalos y buenos deseos de su gran jefe del otro lado del gran lago. Quieren saber que planeaban los cabezas grises y si habían envenenado nuestros oídos contra ellos, como han hecho con otras tribus.
- ¿Qué les has dicho?- preguntó, escrutador.
– La verdad, que no los había visto pero que enviaría un mensajero para alertarlos tan pronto fuera así. Nos ofrecen buen comercio y su palabra se cumple. Les he ofrecido mis mejores hombres pero me han contestado que tienen a su propio guía y que no querían dejar desprotegida la aldea llevándose a sus bravos.

– Entiendo- meneó la cabeza y preguntó - ¿Dónde está?
– ¿Su explorador? Es ese de ahí, junto al soldado del cuchillo grande.
Namid se levantó al terminar el cuenco de estofado y se acercó a él. Era de rostro anguloso y oscuro incluso para los de su raza. Se cubría con una manta marrón, adornada con una cenefa clara de coloridos triángulos. Lo miró por un segundo y reconoció en él a uno de los sirvientes del pastor.
- ¿Cuánto quieres por el cuchillo?- le preguntó al soldado que estaba junto al explorador pero este no comprendió lo que le decía.
El guía se las tradujo, señalando aquella largo hoja que colgaba de su cintura. El soldado se había despojado de la casaca blanca y morada que llevaban los otros. Usaba una holgada camisa de ante, a imitación de los habitantes de la región, sobre la que colgaba el morral con la munición y las provisiones. Su pelo estaba prácticamente afeitado y calzaba polainas negras sobre los pantalones blancos.

– No está en venta- le informó el guía.
El soldado lo sacó de su vaina para que lo viera bien y no importunarlo. Su hoja era la mayor que había visto y tenía forma de punta de lanza. El mango era de asta de ciervo y estaba finamente trabajada. Lo señaló de nuevo y volvió a insistir.
– Dile que no habría forma humana de conseguir separarme de este cuchillo.
– Gracias- le respondió el caudillo indio. Se reunió con sus hombres y los alertó.

– No podemos aguardar más. Debemos irnos o nunca nos dejarán volver a nuestros territorios.
Los otros le respondieron con gestos afirmativos. Los había guiado bien y tenían las bolsas llenas de botín, mucho más que lo que habían obtenido otros veranos. Poco después, apareció el capitán con su intérprete indio y el alférez Dubois.
– Me ha dicho Oso gris que tienen a dos mujeres blancas. Me gustaría saber como se encuentran y pagar un rescate por ellas.
El guía tradujo sus palabras a Namid que le pareció bien. En otra ocasión tendría que demostrarle su agradecimiento a Mikys’wi por importunar sus asuntos.
– Venga por aquí- Namid señaló el camino con una mano extendida.
Las jóvenes vestían su ropa de dormir, muy desgarrada y sucia. No parecían haber sufrido daño serio pero si muchos arañazos y cortes. La mayor era morena y la otra, más delicada y asustada, rubia.
- ¿Con cual de las dos se quiere quedar?- preguntó Namid- La mayor parece fuerte. Trabajará duro y le dará muchos hijos- la señaló con la hoja de su cuchillo – La otra es más frágil y no ha parado de chillar durante todo el viaje, pero tiene los cabellos como el maíz. Quizás eso los suyos lo aprecien.

– ¿Cuánto quieres por las dos?
– Doce mosquetes, con pólvora y munición- sus ojos brillaron y continuó- y veinte mantas. Aquella era una oferta imposible de aceptar, pero ya que intentaban jugar con él, les pagaría con la misma moneda.
– Pides mucho- le indicó el capitán – Te doy seis mosquetes y dos ollas de cobre, mas munición y pólvora. Es muy tarde para ponerse a regatear.

El Alférez sujetó con la mano la barbilla de la más joven y asustada de las mujeres. La miró a los ojos y movió los labios sin decir nada. Namid intuyó traición y dio por concluido el comercio.
– ¡No hay trato! En el norte me darán lo que pido y mas. Buen brandy, plata o caballos.
– Que tengas buen viaje entonces- le dijo el capitán – Aunque no creo que a los piquetes de río arriba les guste mucho que trafiquéis con mujeres.
El caudillo guerrero lo miró desconcertado.
– Al norte, encontrarás a los mismos que atacaron al pueblo de estas jóvenes. ¿No estáis al tanto? Los colonos británicos se enfrentan a los casacas rojas a lo largo de los montes Alleghany.
–Yo he nacido en esta tierra- le replicó arrogante- Encontraré la forma de llegar a mi hogar. Los blancos se fueron y Namid se quedó pensativo. Antes de irse, debería matar a ese traidor iroqués, que parecía empeñado en liberar a sus cautivas, incluso empleando a aquellos estúpidos hombres blancos.

Los hombres de Namid entraron en el claro donde los soldados descansaban, cubiertos por sus mantas. Los oficiales compartían una de las chozas pero el sargento y la docena larga de soldados restantes no les había quedado otro remedio que dormir al raso, lo que se había convertido en algo habitual en aquella descubierta. No resultaba tan malo después de todo si no llovía, si lo hacía, no encontrarían un lugar seco donde poder descansar. Namid y Ma’kya se acercaron a aquel falsario sin levantar un solo ruido. Mientras el inmenso Ma’kya le sujetaba los brazos a la espalda y le tapaba la boca, Namid lo degolló limpiamente.

Uno de los guerreros se acercó al soldado Rioboo. Debía asegurarse de que nadie salía en ayuda del sirviente indio del predicador pero había visto el cuchillo y le parecía un premio demasiado tentador como para dejarlo allí. Se acercó en silencio, con el hacha en la mano, dispuesta a hundirla en su cabeza en cualquier momento. Levantó muy despacio la esquina de manta en la que estaba enrollado. Notó, demasiado tarde, como una mano ascendía y le golpeaba el gaznate. Se quedó un momento sin aliento y fue entonces cuando aquel codiciado filo le atravesaba las entrañas.
- ¡Nos atacan!- gritó Rioboo alertando al resto de los soldados, que cogieron sus fusiles y se enfrentaron en la oscuridad con ellos.
Los disparos iluminaron la noche, seguidos de fantasmales quejidos. El alférez Dubois salió apresuradamente de la cabaña y se encontró con Ma’kya que le doblaba en tamaño. Le apuntó con la pistola cuando su hacha comenzaba a descender sobre su sien. Torpemente, se agachó para esquivarla con su húmedo aliento en la cara. Aquel animal rojo se desplomó a cámara lenta, permitiéndole apartarse lo suficiente para que no le aplastase en su caída.

Rioboo corría hacia Ma’kya con ánimo de recuperar su preciado cuchillo pero se interpuso otro indio, que amenazó su costillar con su brillante hoja. Namid, que estaba muy próximo a él, le dio la vuelta y sin muchos preámbulos le sacó el cuchillo de Rioboo. A éste le pareció que le sonreía mientras escapaba con su trofeo y salió corriendo detrás de él por la ribera iluminada por la luna.

– Nunca darás con él, esos indios son muy escurridizos. Los he tratado mucho con la milicia- le dijo el joven alférez.
– No me dirá eso en serio ¿verdad?- Su voz sonó como un trueno.
Se internaron juntos en la oscuridad y Rioboo comenzó a buscar pistas en el suelo como si se tratase de un sabueso entrenado. Encontró unas levísimas huellas y manchas de sangre fresca.

– Se dirigen al río y van muy cargados, quizás llevan a las muchachas a cuestas. Braceó para indicar que los siguieran y pronto otros se sumaron a ellos, incluido el capitán y el sargento, que tenía una herida en el brazo.
- ¿Por donde?- dijo desde su mostacho.
– Hacia el río-le replicó tomando aliento. Cargó a la carrera su mosquete y se perdió en cabeza del grupo. Se encontraron al grupo de indios cuando subían a sus piraguas. Rioboo apuntó al último remero y le alcanzó en el hombro, haciendo que soltara la pala. Saltó corriendo al agua e intentó hundir la barca, cargando todo su peso sobre el extremo más cercano. Desde la ribera, sus compañeros disparaban al bulto y escuchó el chapoteo de un cuerpo al caer al río. Los lagartos, que aguardaban en la orilla, se lanzaron a por una presa fácil. Namid, incapaz de contener su cólera, saltó sobre aquel obstinado soldado, enarbolando su robado cuchillo de caza.

– Ya que tanto lo quieres, te lo quedarás para siempre- le dijo Namid en su dialecto. Le intentó apuñalar, trazando un amplio arco con el acero, pero Rioboo le agarró la muñeca. Se la retorció hasta que el filo quedó en el lado opuesto, inútil y luego tiró por él hasta hacerlo caer al agua. Allí comenzó a ahogarlo, sacándole la cabeza del agua una y otra vez.
– ¡Ya está bien!-el capitán le agarró el brazo y evitó que lo asfixiara. Empujó al furioso soldado, haciendo que cayese a cuatro patas en la turbia agua. - ¡Vaya a comprobar si alguno ha conseguido atravesar el río! –le ordenó.
Rioboo cruzó la corriente con el agua al cuello y el cuchillo en la boca. El fango de la orilla era un mal enemigo, las impresiones eran claras pero estaban muy mezcladas. Podían ser uno o un ciento los que pasaran por allí. Debería adentrarse más.
- ¿Qué mosca le ha picado a ese hombre?- preguntó el capitán
– Señor capitán, déjelo estar- le contestó el sargento, que encendía la primera pipa de tabaco del día
- El soldado Rioboo es demasiado terco para decir nada en su defensa, pero ese cuchillo significa mucho más para él que cualquier cosa, como ese retrato que lleva usted en el cuello.
El capitán Muñoz se llevó la mano y allí estaba, abierto, mostrando la imagen que contenía. El capitán lo metió de nuevo bajo la casaca sin esperar un segundo.
- En nuestra lejana patria, los Rioboo se dedicaban a entrar en los cotos ajenos para sobrevivir. Cuando los alguaciles descubrieron a su padre, cargó él con el mochuelo, ya que la salud de éste estaba demasiado quebrantada por la vida a la intemperie.
- ¡Vaya! otra cosa que las ordenanzas deberían prohibir: admitir delincuentes en el ejército –exclamó Muñoz.
– Yo no lo juzgaría tan duramente, señor, especialmente cuando solo se posee las manos que te dan de comer- le reprendió – El primer refuerzo de hombres que obtuvo la Luisiana de nuestra corona fue precisamente una partida de delincuentes y desertores.
No se extrañen, limpiar las calles de delincuentes y mendigos es la practica habitual cuando hay reclutamientos extraordinarios.

– Las señoritas inglesas quieren darnos las gracias por su oportuna intervención, se pasarán luego para las presentaciones oficiales- anunció el alférez.
Las mujeres de la aldea se habían hecho cargo de ellas y las acompañaron hasta donde los oficiales esperaban que amaneciera. Su piel era muy pálida, quizás por la impresión o por ser natural en la raza de la Pérfida Albión. El alférez Dubois hacía de intérprete, ya que ellas no hablaban más que inglés y los soldados no empleaban otra lengua que la suya.

– La mayor es la señorita Margarita Compton y la más joven es su hermanastra, Luisa. Parece que vivían en uno asentamiento cercano a Natchez cuando la banda de James Willing lo atacó. Después vinieron los indios y lo arrasaron. Pregunta quienes somos ya que no parecemos soldados británicos y los franceses hace mucho tiempo que abandonaron estas tierras. En ese momento el alférez se sonrió.
– Pertenecemos al Regimiento del Príncipe del ejército de su católica majestad Carlos III, con plaza en La Luisiana y al mando del Mariscal Bernardo de Gálvez. Yo soy el capitán Sebastián Muñoz de la segunda compañía y este es el alférez Felipe Dubois, de la milicia voluntaria de Luisiana. El hombre del gran mostacho es el sargento Montero.
- ¿Y el soldado que lanzó solo contra la barca?- preguntó la más joven- Si no fuera por su intervención, no habrían llegado a tiempo.
– Martín todavía está en la otra orilla, capitán. Parece que ha encontrado algún rastro. ¿Mando a alguien para que regrese?
– No hasta que abra el día. Si no quiere que lo encontremos gastaremos energías inútilmente y no estamos sobradas de ellas.

El soldado regresó en silencio, extendió las manos hacia el fuego para calentarse y les informó.
– Señor, dos indios intentaron escapar pero los he localizado- arrojó sus armas y sus bultos al lado del fuego, cuando alboreaba.
- ¿Y esa sangre? El agua del río no se la llevado toda.
– Suya- le contestó lacónico.

Fernando de Castro.

Habaneras (Musica)

Texto extraido de: www.wikipedia.org

Habanera
Mús, Tipo de canción originada en Cuba a finales del siglo XIX, de ritmo lento y compás cuaternario. Pueden ser cantadas e instrumentales y es un género adaptado y usado por diferentes clases formaciones musicales como grupos corales, bandas de música, tunas y rondallas, etc.
Música de las denominadas de "ida y vuelta", que tiene su origen durante el siglo XIX con los indianos, marineros y emigrantes retornados de Cuba que cantan con nostalgia recuerdos de aquella tierra. Generalmente se interpretaba en las tabernas.
Cuando la habanera llega a España, el ritmo tango que la sustenta, posiblemente ya se conocía, fundamentalmente en Andalucía, después se desarrolla entre los marineros de Cataluña, Valencia, Galicia, Cádiz, Asturias y Euskadi (tierra de Iradier), viajando de nuevo a Cuba, donde es considerado como género de canción con clara influencia española, ya que en Cuba no se siguió cultivando tal y como Iradier lo desarrolló.
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La Habana es Cadiz, Cadiz es la Habana...


Con los ojos cerrados.


Habaneras en Tossa. La bella Lola.

11/01/2009

Concurso de literatura historia de España "El navio prodigioso"

Relato escrito por Luis Alberto

Me preguntáis por lo más extraordinario que haya visto en mi vida, tal vez pensando que un Sísifo de la burocracia como yo no haya podido hacer otra cosa que nacer, vivir y aguardar la muerte en esta casa de la Contratación entre albaranes, recibos, legajos y cartas. Pues ha de saber vuesa merced que muchas maravillas han visto estos ojos que un día se comerán los gusanos. Muchas desde aquel día en el que mi padre, que por entonces era vector del difunto padre de Don Simón Ruiz en la feria de Medina del Campo, logró que me acogiese a su servicio Don Pedro de Rávago que era a la sazón Tesorero Real de su imperial majestad el César Carlos.

Por aquel entonces había en Medina nada menos que dieciséis bancos de feria y allí acudían no sólo mercaderes de las principales plazas de las Españas, de Burgos, de Sevilla y de Lisboa, sino que también llegaban otros muchos de Génova, de Amberes y de Brema. Pero mi padre tal vez se barruntaba que los vientos pronto soplarían desde otra dirección y decidió que lo mejor sería que su primogénito, es decir, el que os habla, buscase fortuna lejos de Medina. Y bien que acertó a juzgar como fueron evolucionando los asuntos del reino. Hoy Medina ya no es lo que era, apenas quedan dos bancos de feria y los negocios se los reparten entre esos advenedizos de Madrid que medran al amparo de la corte y los banqueros de esta Babilonia del Sur que es Sevilla. Allí ya sólo quedan el duro sol del verano, las crueles nieblas del invierno y los rebaños de ovejas.

Nada más entrar al servicio del tesorero Rávago pude asistir a las cortes del treinta y ocho en Toledo. Deslumbrante estreno para un mozalbete de quince años que de golpe y porrazo se encontró frente a representantes de las ciudades con voz en las Cortes, del alto clero y de la nobleza. Y es que por aquel entonces el César andaba, como siempre, escaso de dineros, mas aquella vez se topó con la negativa de la nobleza a aceptar el pago de la sisa. Ni la apelación al peligro Turco, ni a las oscuras maquinaciones del Francés, ni a la amenaza de los herejes les hicieron aceptar que, al menos en eso, se les emparejase con los pecheros. Jamás olvidaré como cada vez que asomaban mi amo o el secretario imperial en la sala donde se reunían los nobles estos le abucheaban y le gritaban aquello de "Márchese, no necesitamos aquí secretario alguno".

Pero eso no es más que un anticipo de lo que, algunos años más tarde, pude presenciar, un hecho absolutamente único cuyo relato responderá sin duda a vuestra pregunta acerca de lo más extraordinario que haya visto. Ocurrió en el año cuarenta y tres. Lo recuerdo bien puesto que fue el mismo año en el que el César marchó a Flandes y al Imperio. Eso fue por mayo y no se le volvería a ver por España hasta pasados seis años. También lo recuerdo por las instrucciones que le dejó al entonces príncipe de Asturias. Y bien que lo he de hacer puesto que mi señor intervino en su redacción ya que el César quiso mantener, con cierta lógica, alejados a los principales consejeros y Grandes de España. De esa manera a un servidor le tocó redactar con buena caligrafía las instrucciones que el César dejaba a su heredero.

Como decía el César había partido en mayo y le dejaba a mi señor un curioso encargo. Al parecer un marinero, erudito e hidalgo toledano de nombre Blasco de Garay había propuesto la construcción de un navío que habría de ser capaz de navegar sin necesidad de velas o remos aun en condiciones de absoluta falta de viento. No, no me mire así vuesa merced que no se trataba de brujería, que ya le contaré como podía ser tal portento. Recuerde que precisamente el mismo año en que se celebraron las cortes de Toledo el César había perdido quince navíos de guerra e incontables barcos de transporte en la malograda expedición a Argel y que la derrota debía escocerle bastante en el orgullo especialmente por haber sido ante corsarios al servicio del Turco. Nosotros, es decir mi Señor y yo, debíamos marchar a Barcelona en el mes de junio con el fin de evaluar la viabilidad técnica y económica de semejante empresa. En mi corazón no podía hacer sino tratar de imaginar los mecanismos más estrafalarios y esotéricos que explicasen como podía navegar una nave de aquella guisa. He de reconocer que al igual que le ocurre a vuesa merced ahora mismo, sin apelar a la magia o a la brujería no era capaz de concebir cómo podría ser tal cosa. Afortunadamente para mi curiosidad mi señor llevó consigo los informes de los ensayos previos realizados por el inventor y que no pude evitar leer.

Don Blasco de Garay se había dedicado al estudio de la filosofía y la mecánica movido por su anhelo de servir a la corona de la misma manera que su hermano había servido con el acero en Italia. Así tras muchos años de estudios y ensayos, en el mes de octubre del año treinta y nueve se encontraba en condiciones de realizar la primera prueba del citado navío en el puerto de Málaga. A tal efecto había incorporado un dispositivo de su invención en un viejo navío que pudo navegar casi a una legua por hora con una tripulación de dieciocho hombres, pero al parecer el dispositivo era muy embarazoso y provocó algunos desperfectos en la nave objeto de la prueba. Decidió entonces simplificar el ingenio que contaba inicialmente con varias ruedas con palas por borda e instalarlo en un navío de cien toneladas que a plena carga se desplazó a tres cuartos de legua por hora en una segunda prueba realizada en junio del mismo año. No ceje en su asombro vuesa merced puesto que semejante hazaña fue lograda con una dotación de apenas seis hombres. Más lento que la primera vez pero según constataban acreditados testigos superó claramente en velocidad a una galera al efectuar maniobras de ciaboga. Al menos así lo refería nada menos que Don Bernardino de Mendoza en el informe que remitió al César. En el mismo informe se especificaba que la nave contaba esta vez con una gran rueda con palas en cada borda que era movida por tres hombres que se iban alternando con el fin de mejor sobrellevar el esfuerzo. Pero el puerto de Málaga aun pudo presenciar una tercera prueba en la que la nave de Garay se midió con la galera Renegada que contaba con dos docenas de remeros por banda a la que aventajó en la rapidez de las maniobras. Le repito fíjese como media docena de hombres podían mover una nave casi tan grande y menos maniobrera que una galera con cuatro veces más remeros.

Nosotros íbamos, pues, a presenciar pues el cuarto intento y el primero ante testigos designados por la corona. Nada menos que el Gobernador Don Enrique de Toledo, el Vicecanciller cuyo nombre ahora no recuerdo y el Intendente de Cataluña que era por entonces Don Francisco de Gralla, amén de lo más granado de la sociedad barcelonesa.

Mi señor, Don Pedro de Rávago, aparentemente no estaba nada convencido de la idea del inventor pues temía que se tratase de otro aprovechado tratando de sacar una pensión del tesoro real con algún disparatado dispositivo que no iba a funcionar. Además, me dijo leyendo la descripción que Don Blasco había remitido a la corona, que el mecanismo parecía caro y complicado y que temía que el mecanismo de ruedas y engranajes pudiese causar graves daños a las naves y a la dotación tal y como había ocurrido en la primera prueba que había tenido lugar en Málaga. Pero tanto insistía en las pegas que ponía al invento de Don Blasco y tanto se entretenía discutiendo éste detalle o aquel otro que yo estaba convencido de que el severo tesorero no estaba menos emocionado que yo y que le podía la curiosidad por comprobar si sería posible tal prodigio. Por mi parte iba yo imaginando entonces galeras impulsadas por ruedas, sin remos ni aparejos y erizadas de cañones e infantes dispuestos a abordar las naves del Gran Turco.

No es de extrañar pues que al llegar a nuestro alojamiento en Barcelona, no tardase ni un suspiro en enterarme de dónde preparaba su nave Don Blasco, ni de que aprovechase que mi amo cenaba en casa del Gobernador la noche antes de la demostración para acercarme a ver la nave prodigiosa antes que nadie.

A duras penas logré burlar la ronda del puerto y, entre las sombras, acercarme como si en vez de dedicarme a las letras y a los números no hubiese hecho otra cosa en mi vida que participar en encamisadas y asaltos nocturnos. Se trataba de una nao de nombre Trinidad que había traído un cargamento de trigo desde Colibre a Barcelona y a la que le habían montado dos enormes ruedas por borda. Estaba yo admirándola embelesado cuando una sombra se deslizó por uno de los cabos con los que la nao estaba sujeta al muelle. Pronto fue seguida por otra y aun por una tercera y una cuarta. No me planteé otra posibilidad de que se tratase de enviados del Gran Turco que querían hacerse con el navío prodigioso para usarlo en sus malévolos designios. Con el mayor de los cuidados me acerqué hacia la nave cuando tras un tonel me topé con uno de los presuntos espías y con un valor que no me era propio le propiné una patada en sus partes pudendas. Mientras el merodeador soltaba un mudo gemido de dolor al caer al suelo, corrí hacia la plancha gritando para alertar a la tripulación.

Otro de los bellacos me salió al paso y la luz del fanal de la nao brilló en la hoja de una daga. Por suerte para mí resbalé en un charco y me alejé rodando tratando de eludir a mi agresor que había lanzado una puñalada en el vacío. En la nao se oían ya voces, juramentos y entrechocar de aceros. Eso pareció distraer a mi oponente y yo, de nuevo actuando contra mi natural cobardía trabé su pierna derecha con las mías y le hice caer al suelo. Rodamos mientras el trataba de clavarme su daga y yo de quitársela hasta que volví a topar con el tonel. Nuestro singular combate se tornó en una pugna, él trataba de acercar su daga a mi cuello y yo de mantener éste intacto. Desgraciadamente para mí, mis brazos no estaban habituados a esos esfuerzos y su acero se fue acercando lenta e inevitablemente a mi pellejo. Temí que mis desventuras acabasen en ese momento, pero ocurrió algo inesperado. Una bota se estrelló contra la cara de mi agresor que acabó cayendo al agua.

Una mano fuerte me agarró por el hombro y me ayudó a levantarme. Se trataba del capitán de la nave, un tal Pedro de Escarza, que me abroncó por rondar por el puerto a hora tan tardía y me agradeció por haber dado la voz de alerta aun en presencia de dos de los maleantes. Me condujo a bordo de la nao donde, ¡oh gracia divina!, me encontré con el propio inventor que por la cara que ponía no acababa de comprender lo ocurrido. Es natural en los filósofos ese tipo de actuar ya que sus mentes suelen vagar lejos de las preocupaciones del mundo.

En la cubierta se encontraban además tres o cuatro tripulantes armados con toscos sables que mantenían retenidos a un par de asaltantes junto al palo mayor. Allí aguardamos la llegada de los corchetes de la ronda que se hicieron cargo de los asaltantes. Resultaron ser unos malhechores que iban detrás del cargamento de grano, pero nada de espías, ni de ladrones al servicio de la Sublime Puerta.

Don Blasco se ofreció entonces a mostrarme el dispositivo y así, impulsado por mi curiosidad y su orgullo, me fue explicando como los operarios movían las ruedas cuya potencia era ampliada por sucesiones de engranajes que a su vez harían girar las ruedas con palas que impulsaban el barco. Según él con su invención la fuerza desarrollada por un hombre se multiplicaría como si se tratase de media docena.

Al terminar su demostración y viendo mi profundo interés y mi sincera admiración, decidió acompañarme con alguno de sus mozos a la residencia de mi Señor. Mientras caminábamos me fue hablando de otros proyectos que tenía como un sistema para lograr que los hombres se moviesen debajo del agua respirando como si estuviesen sobre ella, de una máquina para recuperar objetos hundidos, de otra para ver debajo del agua y aún de otra para hacer que el agua salobre fuese buena para beber. Al despedirnos me animó al estudio de la filosofía y de la mecánica, alegando que sería para el reino muchísimo más provechoso que si me dedicaba a las leyes o a la carrera eclesiástica.

No, no me mire así vuesa merced que lo de respirar o ver debajo del agua no era cosa de brujería tampoco. Cierto es que eso no lo vi, pero pude comprobar que se trataba de un hombre tremendamente sabio y la prueba es que la demostración de su invento fue un éxito. El día de la demostración la Trinidad navegó una legua en una hora y superó a una galera tanto en velocidad como en rapidez de maniobra. ¡Pero si podía virar en redondo dos veces en lo que una galera lo hacía una! Mi señor estaba entusiasmado y calificó la prueba de satisfactoria, de hecho durante el camino de vuelta fue redactando su informe en el que exponía cómo se podía hacer el navío más fuerte para ser llevado a la guerra y, aunque le preocupaba que los operarios se cansaban tanto como un galeote, recomendaba al César que se valorase el proyecto.

Sé que se preguntará que en que quedó todo, que nunca se han visto ni se verán tales naves, ni tan siquiera en la Felicísima Armada que está organizando el Segundo Felipe. Le diré que a Don Blasco de Garay le promocionaron un grado y le obsequiaron con doscientos mil maravedíes, pero el proyecto cayó en el olvido. Tal vez era muy costoso o tal vez el mar de preocupaciones que ahoga los soberanos se llevó semejante idea a otras costas. A mí me quedó la imagen imborrable de la Trinidad maniobrando en el puerto de Barcelona un soleado diecisiete de junio.

Concurso de literatura de aventuras historia de España “LA FE”

GARCILASO “EL JOVEN”
PLICA PREMIO HERENCIA ESPAÑOLA
DATOS DEL AUTOR:
Lema o seudónimo: “Garcilaso el Joven”
Provincia: Madrid
País: ESPAÑA

- Apenas nos queda tiempo para evitarlo – susurró para sí.
Sudaba profusamente a través de su coraza, con el ardor del líquido salino cayéndole por su barbilla, las sienes y surcándole los cabellos. Parcialmente oxidada confiaba en ella como si fuera su mejor amigo. Acarició su escudo, el de Castilla, grabado toscamente en el peto. Los músculos tensos tras ella le pedían un descanso que su mente confusa ahora negaba...por el momento. La respiración profunda y sus pulmones que parecían estallar le hicieron momentáneamente caer hacia delante quedando su espalda arqueada y contrahecha por el peso llevado desde la infancia, como un pequeño y recortado promontorio. El polvo de la meseta le entró como humo ardiente en el pecho. Tosió profusamente mientras dos flechas pasaron silbando a su alrededor. Siempre había sido el alma de la tropa de Ávila. El moro les atacaba allá donde le parecía bien pero esta vez era diferente. No era un “razzia” al uso. Esa situación era la misma de siempre desde hace años pero estos hombres del sur eran diferentes a los de otras veces . Su ardor era salvaje, incansable. Lanzaban proclamas para el desconocidas en un dialecto árabe que no acababa de entender. Una cosa sabía. La fuerza que surgía de sus corazones era desconocida para los castellanos que le seguían , incluso para él. Un temblor se apoderó de su cuerpo durante unos instantes. No daba crédito a lo que veía. Los moros surgían a cientos de metros de nuevo , por debajo del pequeño altiplano, no lejano ya de ellos. Sus cascos puntiagudos brillaban al sol y sus ropajes al viento ondeaban . Él y sus hombres habían tomado una posición equivocada y ahora se daba cuenta de que era algo más que un ataque de saqueo. La caballería se había echado encima y les había hecho retirarse a costa de la fuerza y la sangre de muchos de los suyos. De nuevo recuperó el aliento y agitó su alabarda hacia atrás . Ya no había tiempo de refugiarse en Caracuel, a poca distancia de ellos . Un flecha emplumada le golpeó en el borde de su escudo y fue a clavarse cercana a su hombro atravesándole la carne de lado a lado. Un latigazo le comunicó el daño. Un golpe en el casco le sacó del desaliento.
- ¡Sancho, por Cristo sácanos de aquí! ¡Los hombres huyen como conejos asustados!.
Su hermano Gómez le cogió de la cintura antes de la caída. Entre el aturdimiento causado por el dolor recordó las muchas veces que el había cogido a su hermano en la niñez para levantarle para alcanzar aquel nido del que sacaban los huevos que comían cuando su padre no podía darles nada. Habían pasado tantos años. Le vino a la mente la última vez que había rezado mientras ya muy cerca de ellos escuchaba los gritos estentóreos de loas a Alá de los norteafricanos. Su hermano le arrastró unos metros, hasta que puso de nuevo pié en tierra mientras intentaba echarse mano a la cadena que llevaba en su cuello.
- ¡Atrás¡ ¡Dejad el ganado y los prisioneros¡ ¡Vayamos detrás de ese desfiladero!
Sus gritos desgarrados , lacerados aún por el dolor, animaron a su hermano que espetaba a los que a su alrededor se encontraban . El ganado capturado en sus salidas se desperdigó junto con los prisioneros que gritaban a sus salvadores . La caballería enemiga perdió su ímpetu dando un respiro a las gentes de Sancho.
- Sólo quedan unos cientos de varas- se susurraba así mismo.
Debían avisar en Calatrava, Alarcón y el propio Toledo de lo que se avecinaba.
La sangre manaba profusamente de la herida. Miró con cierto desdén la incisión y todas las cicatrices que le horadaban parcialmente la piel.
- ¡Por Santiago y el mismísimo Señor que no caeremos aquí! ¡Mesnada a mí!
El alférez de la tropa agitó el pendón cerca de los dos señores y comenzaron a agruparse las huestes mientras Sancho corría precipitadamente entre ellos parando a los huidizos y los más amedrentados por el ímpetu musulmán.
La carnicería había sido grande. Aquellos que iban llegando tenían la cara pálida . Otros vomitaban del esfuerzo de la huida . Algunos acuchillaban a sus propios compañeros y mandos para poder huir. Sin embargo siempre podía contar con sus fieles . Los que nunca le habrían abandonado después de más de 20 años de correrías contra el Infiel. Ahí estaba Alonso, con su sólo ojo, como cíclope de leyendas , y el vacío en su otro lado, terror de extraños y enemigos por igual. Siempre con esa sonrisa que parecía burla del peligro, de la cimitarra, la flecha y ,porqué no también, de algún que otro vil acero cristiano. O Santiago, que con su sola fuerza parecía conjurar al santo de su nombre para protegerle de todo mal cuando agitaba su espada de doble puño. Repoblador éste del divino Rey Alfonso, no sólo por orden, sino por vicio y obra de su lujuria. Más de 100 como ellos podía juntar y en otros casos no le hubiera quebrado ni un ápice el ánimo.
Pero esta vez era diferente.

No sabía a donde se dirigía. El joven de antaño, con la ardiente convicción de servir a la Fe, y la fuerza del que cree portar la Verdad consigo, salió de Ávila un día, con las risas de sus pecheros convecinos, señalando su joroba a los gritos de ¡giboso, giboso! y con un puñado de amigos, rufianes y algún que otro pueril cruzado. La mayoría le seguían por gloria, fortuna o desprecio de la vida. Pero él lo hacía por la razón superior de la Fe y el afán desmedido de engrandecer su nombre. Así los sorprendió aquella tarde del año de Nuestro Señor de 1.140 , cuando saliendo de Ávila, y ya camino de Toledo, avistó una partida del reino moro en frontera que venía de saquear una villa vecina. Una vez cerca de ellos divisó la columna de prisioneros, hombres escuálidos y mujeres harapientas, algunas de ellas traspasadas de humillación y la furia se apoderó de él. Esa furia que sus hombres apodaron la Cólera de Dios, porque cayendo como una tromba en un bramido que rezumaba muerte, infundió el terror a los enemigos y la hombría a los amigos .Contagiando tamaño desprecio a la vida, le vieron provisto de la voluntad que sólo a algunos el divino Cristo daba para el castigo de los fariseos . Una vez clavó mortalmente su alabarda en un hombre ya nada fue igual . Notó esa sensación de poder sobre la vida, incomprensión ante la muerte ,angustia de lo inevitable y absurdo que lleva el camino de la Fe.
A partir de ahí, y al morir sus enemigos, esa angustia disminuía, como lo hacía a la vez esa Fe que siempre le había protegido. Sus hombres, que le adoraban, pensaban en su giba como estigma divino por el cual su espalda cargaba con el peso de las vidas de todos los castellanos, Hijos de Dios. Su defecto se aparejó como signo de gloria, así como el Calvario glorificó al mismísimo Jesucristo.

Sus gestas fueron adquiriendo renombre. Fue nombrado alguacil y Protector de Ávila con poder de armar su milicia y castigar al Infiel. Pero tras tal título se escondían muchas veces las prebendas, los engaños , los intereses de los poderosos y la ambición sobre lo ajeno, que empobrecía todo aquello por lo que había merecido luchar y morir.

- ¡Dios nos ha abandonado! ¡Nos ha abandonado!
- ¡Dios mío! ¿dónde estás?
Un joven aterrorizado gritaba sin parar , corriendo entre las fuerzas de la milicia que intentaba reorganizarse . A pocos metros, la estampida de polvo y aire causada por la caballería parecía engullirlo todo, entrando en el estrecho paso de altura. Un golpe seco con el asta de la alabarda calló repentinamente al desdichado joven que dio en el polvoriento camino con sus huesos y la mandíbula rota.
- ¡Lanzas al frente! – gritó denodadamente Sancho
Una fila de lanzas confundidas entre peones y gentes de muy diversa armada hizo frente en poco tiempo a la caballería, que tuvo que parar y abrirse paso entre semejante bosque y en un estrecho margen de terreno.
La algarabía árabe iba en aumento pero las estocadas repetidas de los castellanos valientes que aún resistían les hicieron retroceder entre hilos de brillante rojo , carnes traspasadas, quejidos y sudor goteante.
Un joven jinete almohade cayó en tierra cerca de Sancho con su caballo ensartado por la pica de uno de los guerreros cristianos. Era de cabellos morenos. Su piel cobriza y sus ojos negros brillaban con fuego a través del polvo mientras gritaba casi sin aire “Alá akhbad”. Estaba poseído de un aura que lo hacía parecer atemporal , eterno, ignorante y sabio a la vez. Por un momento Sancho tembló ante la idea de que Dios pudiera estar de su lado. Con un salto el berebere a golpe de cimitarra reventó la cabeza de su hermano que se giraba para acuchillarle.
- Parece que lleva las alas de un ángel- pensó el alguacil
Un raudo giro de cabeza puso al cruzado castellano en sus llamas vítreas.
La mirada de aquel hombre de dientes blancos y rotos y nariz aguileña perforó las entrañas de su alma como si fuera el mismísimo Jesucristo el que viniera a castigarle.
Notó que el había perdido esa furia de antaño y por un instante pensó que Dios los había abandonado.
Con un ágil movimiento el siervo de Alá se dirigió corriendo hacia él a sabiendas de la importancia del enemigo y de su caída. Su mano derecha colgaba muerta con un corte longitudinal que la dividía en dos mientras su sangre bañaba la tierra. Una flecha en el pecho le hizo perder velocidad a la vez que su gesto se tornaba en dolor . A tres pasos cayó e intentó arrastrarse hasta Sancho. Éste se adelantó hacia a él y se inclinó en medio de la vorágine, hacia su rostro. Una mirada ya perdida y unas palabras susurrantes fue lo último que pudo oír de aquel ángel exterminador. Le tapó los ojos y lo bendijo mientras notó humedad en su costado izquierdo. La cimitarra colgaba de su costado en una incisión que si bien no era grave le hizo encogerse de dolor.
Sin duda ya estará en el paraíso-pensó para sí.
Como sí aquella visión lo hubiera iluminado, recuperó el color de la cara, se apretó las cintas de la armadura y se unió a golpe de alabarda con los que allí restaban en la lucha mientras volvía a tocar su amado escudo y se echaba un último agarrón a la cadena de su cuello.


De la crónica mozárabe (Traducción de Don Claudio Sánchez Albornoz):
“En el mes bendito del Xaban año de 1173, salió de la ciudad de Ávila el condenado conde viejo, llamado XANMANIS, (Ximenez Albarda, o Sancho Jiménez) conocido entre los habitantes de la frontera y los musulmanes por el sobrenombre de El GIBOSO, jefe entonces de la milicia concejil de los cristianos de Ávila y encargado de la dirección de la guerra....
Salió pues en dirección de Sevilla y contra las comarcas que el visitara en su tiempo durante la rebelión, llego con sus mesnadas hasta el Guadalquivir, lo atravesó por el vado que se encuentra entre el castillo de Balma y el de Al-charf.... hizo incursiones por el territorio de Écija, se dirigió a Córdoba ..... se apodero de rebaños y de ovejas en numero de 50.000 y 200 de vacuno, hizo prisioneros a mas de 200 musulmanes, cruzó el vado nuevamente y se dirigió a la ciudad de donde había partido, pero antes de llegar a ella, fue muerto en una RAZZIA perdiendo toda la presura obtenida y muchos y buenos valientes hombres de la ciudad que le acompañaban, ocurriendo esto en Caracuel, cerca de Calatrava”.

03/01/2009

Herencia solidaria 09 (Enero) Software libre



¿Que es el software libre?

Software libre
(en inglés free software) es la denominación del software que brinda libertad a los usuarios sobre su producto adquirido y por tanto, una vez obtenido, puede ser usado, copiado, estudiado, modificado y redistribuido libremente. Según la Free Software Foundation, el software libre se refiere a la libertad de los usuarios para ejecutar, copiar, distribuir, estudiar, cambiar y mejorar el software; de modo más preciso, se refiere a cuatro libertades de los usuarios del software: la libertad de usar el programa, con cualquier propósito; de estudiar el funcionamiento del programa, y adaptarlo a las necesidades; de distribuir copias, con lo que puede ayudar a otros; de mejorar el programa y hacer públicas las mejoras, de modo que toda la comunidad se beneficie (para la segunda y última libertad mencionadas, el acceso al código fuente es un requisito previo).[1]

El software libre suele estar disponible gratuitamente, o al precio de coste de la distribución a través de otros medios; sin embargo no es obligatorio que sea así, por ende no hay que asociar software libre a "software gratuito" (denominado usualmente freeware), ya que, conservando su carácter de libre, puede ser distribuido comercialmente ("software comercial"). Análogamente, el "software gratis" o "gratuito" incluye en algunas ocasiones el código fuente; no obstante, este tipo de software no es libre en el mismo sentido que el software libre, a menos que se garanticen los derechos de modificación y redistribución de dichas versiones modificadas del programa.

Tampoco debe confundirse software libre con "software de dominio público". Éste último es aquél que no requiere de licencia, pues sus derechos de explotación son para toda la humanidad, porque pertenece a todos por igual. Cualquiera puede hacer uso de él, siempre con fines legales y consignando su autoría original. Este software sería aquél cuyo autor lo dona a la humanidad o cuyos derechos de autor han expirado, tras un plazo contado desde la muerte de éste, habitualmente 70 años. Si un autor condiciona su uso bajo una licencia, por muy débil que sea, ya no es dominio público. Leer articulo completo

¿Que es Linux?

Linux es, a simple vista, un Sistema Operativo. Es una implementación de libre distribución UNIX para computadoras personales (PC), servidores, y estaciones de trabajo. Fue desarrollado para el i386 y ahora soporta los procesadores i486, Pentium, Pentium Pro y Pentium II, así como los clones AMD y Cyrix. También soporta máquinas basadas en SPARC, DEC Alpha, PowerPC/PowerMac, y Mac/Amiga Motorola 680x0.

Como sistema operativo, Linux es muy eficiente y tiene un excelente diseño. Es multitarea, multiusuario, multiplataforma y multiprocesador; en las plataformas Intel corre en modo protegido; protege la memoria para que un programa no pueda hacer caer al resto del sistema; carga sólo las partes de un programa que se usan; comparte la memoria entre programas aumentando la velocidad y disminuyendo el uso de memoria; usa un sistema de memoria virtual por páginas; utiliza toda la memoria libre para cache; permite usar bibliotecas enlazadas tanto estática como dinámicamente; se distribuye con código fuente; usa hasta 64 consolas virtuales; tiene un sistema de archivos avanzado pero puede usar los de los otros sistemas; y soporta redes tanto en TCP/IP como en otros protocolos.

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Documental Código Linux







Links de interés

España a la cabeza de Europa en software libre
Un estudio sobre el uso de softwate libre en las administraciones públicas, afirma que España está en primera línea en cuanto al desarrollo y uso de este tipo de aplicaciones y sistemas.

Oficina Software Libre (Universidad de Zaragoza)
Los objetivos de la oficina son el de ser el punto de referencia en la Universidad de Zaragoza en materia de software libre, así como el informar y fomentar el uso de programas open source y los estándares abiertos

Openoffice
OpenOffice.org es un paquete ofimático que está publicado como software libre y código abierto que incluye dentro de sus aplicaciones un procesador de textos (OpenWriter), hoja de cálculo (OpenCalc), presentaciones (OpenImpress), herramientas para el dibujo.

Ubuntu 8.10
Consulta la guia documentada del sistema operativo Ubuntu


Ideas para migrar una empresa a Linux con éxito


Distribuciones Linux
Una distribución de GNU/Linux es una variante de ese sistema operativo que incorpora determinados paquetes de software para satisfacer las necesidades de un grupo especifico de usuarios, dando así origen a ediciones hogareñas, empresariales y para servidores. Pueden ser exclusivamente de software libre o también incorporar aplicaciones o controladores privativos.

Cdlibre.org
Aquí encontrarás todo tipo de software libre para Windows.

Linux se acerca al usuario medio

- Varias versiones del sistema operativo libre han avanzado en facilidad de uso y en sencillez de instalación.
- También se han esforzado por mejorar su entorno gráfico hasta lograr que el cambio desde Windows sea una tarea fácil.


02/01/2009

Narcomexico

Video editado por: loquetegusta001
En la cadena española Cuatro hemos tenido ocasión de ver este documental que denuncia la violencia que se produce en nuestro pais hermano, Mexico.
Espero que sea del interes de todos y conciencia de los problemas que sufren los paises hispanoamericanos.













Pronto publicare la segunda parte.

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