Este relato lo escribe: Ramon Garcia
Santiago de Cuba
24 de Junio de 1898
Queridos padres,
Espero que al recibo de esta misiva se encuentren ustedes bien. No he querido enviar esta carta a madre porque no soportaría la lectura de la misma sin romperla de dolor.
Padre, nos trasladan al fuerte de El Caney como muchos de nosotros habíamos presagiado. Su pueblo para nosotros es como un pedazo de la España que dejamos, hermoso en mitad de la tempestad. Vecinos y convecinos de aldeas cercanas se hacinan en casas por el temor a los mambises y al presumible combate con los “yanquis”. Seremos la primera línea de fuego y teniendo en cuenta la debilidad de nuestras defensas y el numero y armamento de los americanos, esta puede ser mi ultima carta.
Lo siento pero no tengo valor de contárselo a madre, me abate el pesimismo porque creo que la situación esta en el límite. Delante del fuerte solo tenemos dos líneas de alambre de espino y tres de trincheras que rodean la loma, escalonadas y comunicadas entre si con el fuerte, por si fuera necesario la evacuación hacia el interior si al final se desata el fuego infernal.
Padre, me siento orgulloso de ser español y de morir por defender mi patria. Es un honor estar con mis 550 compañeros de armas, acompañado por los infantes de marina y los voluntarios de Valmaseda, al mando del general Vara del Rey. Sepa usted que su hijo no es el único hijo que perderá España, usted y madre saben que tienen en sus padres el consuelo de toda una patria.
Mañana patrullaremos la zona trasera del fuerte, llena de grandes troneras, por las que nos asomamos, siendo conscientes de que nuestras cabezas son blanco fácil para los mambises que acechan el lugar al atardecer, un húmedo escalofrío nos recorre la espalda al ser conscientes de que ellos lo saben. Hoy, dos marinos andaluces que reforzaban el fuerte con sacos terreros fueron abatidos, sus cuerpos fueron encontrados por el cabo de guardia una hora más tarde. Ver la muerte tan de cerca, padre, te acojona, al pensar que el próximo puedes ser tu.
Tenemos noticias de que los “yanquis” han desembarcado en Daiquiri, así que los tendremos aquí echando leches. Mientras las partidas de Calixto nos hostigan cada noche para recordarnos que se acerca el martillo pilón, malgastamos unas balas que bien nos harán falta más adelante. Según he oído, aunque nadie se atreve a decirlo, nos queda municiones para dos o tres días a lo sumo. No disponemos apenas de artillería y las pocas ametralladoras están inservibles. Nosotros sabemos que los americanos cuentan con cañones de campaña y ametralladoras Colt, nos lo dijo nuestro capitán Garrido, que estuvo de agregado militar. Yo, padre, me agarro a mi máuser como un náufrago se agarra a una tablilla para no ahogarse en la mar.
Si me matan, padre, en ese momento, dígale a madre, que solo esta puta guerra nos ha obligado a separarnos, que de otra forma habríamos vivido juntos y la habría demostrado el amor que siempre la he tenido como madre. Cuéntele que me aferré a la vida con todas mis fuerzas, pero que pudo más la muerte.
Quedo en manos de la voluntad de dios.
Besos de su hijo, Álvaro Díaz Canella.
***
Madrugada del 1 de Julio de 1898, El caney.
La noche se cernía sobre nosotros como un mero observador de lo que allí acontecía. Las gotas de sudor caían por nuestras frentes, sombreros de paja calados, cabezas hundidas en las trincheras al pie del fuerte de El Viso, el ultimo bastión. Su piedra blanca parecía un faro en medio de la negrura.
Allí entre sacos terreros me encontraba a mis veinte años recién cumplidos, rodeado de veteranos de la guerra contra los mambises, otros venidos de la península al comienzo del conflicto al igual que un servidor, todos con la tensión reflejada en sus rostros. La colina era un hervidero, oficiales colocando a los soldados en trincheras y parapetos de sacos terreros, ingenieros colocando los últimos metros de alambrada intentando cubrir la altura, desesperados por los posibles huecos que dejarán, como queriendo frenar una riada a base de astillas de madera. Los artilleros a lo suyo, agazapar el cañón Krupp en un hoyo bien cubierto por sacos terreros. Yo miraba al frente, agachado, expectante, esperando cualquier atisbo de movimiento enemigo.
-¡Niño, espabila, pásame unos cartuchos de la zanja!- me despertó de mis pensamientos “el escoces”, le llamábamos así porque era un tipo pelirrojo, con amplia barba y patillas, más parecido a un hijo de la Gran Bretaña que a un utrerano. - ¡Guindales unos cartuchos a los de la marina, que ya están bien servidos!- me indico apuntando con el brazo un pequeño arsenal de cajas metálicas en la zanja de al lado.
Salí lo más agachado que pude de mi posición, y bajando un par de metros, me metí en la zanja, y a gatas, llegué hasta las cajas, no sin levantar algo de polvareda, el suelo estaba tan seco, que el polvo levantado se introdujo en mi garganta como si fuera veneno, enseguida una incipiente tos me hizo levantarme ligeramente y apoyar mi espalda en una de las paredes de la zanja.
Con los ojos cerrados por la tos, intente minimizar esta, cuando note una mano en mi pechera,
-Chaval, espero que no nos estés robando nuestra munición- me dijo el hombre que me agarraba. La luz de la luna reflejaba las insignias de su cuello, era un cabo de marina, barba canosa y muy poblada, mandíbula prominente y ojos oscuros...
-Señor, es que va a negar a un español las balas para defender a sus compatriotas...- le respondí.
En su rostro se reflejo una ligera sonrisa y dijo: -joder, nos ha salido respondón el mozalbete- y cogiendo un par de cajas, me las dio en las manos.
-Diles a los tuyos que te las dio el cabo Martín, no hagas el tonto, y agacha bien la cabeza que los ojos de los mambises son como cuchillos, haz caso a los veteranos si quieres salvar el pellejo- concluyó.
-así lo haré- le respondí, y salí con las cajas y mi fusil al hombro de aquella zanja, tratando de cubrirme, dirigiéndome hacia a los sacos terreros de más arriba.
El “escoces” se alegró por mi llegada, más bien Juan Manbrilla, que era como se llamaba y como dije antes del pueblecito de Utrera. Junto a él estaba Felipe Escribano, un riojano algo fondón, al que la camisa de rayadillo le estaba algo pequeña, y Julián Martínez, un boticario de Talavera, al que apodábamos el “sacamuelas” porque era toda una eminencia en eso de extraer más de alguna picada por la mala alimentación. Desde nuestra llegada a Cuba, eramos inseparables.
-Señores, ahí tienen sus cartuchos, denles buen empleo contra en esos puñeteros “yanquis”, que no estamos para malgastar, a de salir a uno muerto por bala- indique alegre, ellos se echaron a reír,
-no te preocupes niño-, me dijo sacamuelas, -esos están cerca, pero no creo que tengan cuerpo para atacarnos ahora, más bien esperaran al alba para desplegarse y que les veamos en su plenitud para que creamos que nos infunden miedo por su número, pero a un boticario que ha visto salir a los críos del vientre de su madre, eso lo único que le da es la risa- dijo con la confianza que da el miedo acumulado de horas a la espera del fin que no llega.
Tras varias horas, el paso del Capitán Garrido, jefe de unidad, por entre las zanjas para inspeccionar las defensas. Un hombre de gran determinación y seguridad, más le valía dar esa sensación ante lo que nos venía. Trató de infundir valor entre los hombres, la consigna era clara, había que luchar hasta la última gota de sangre...que la patria y la Reina están orgullosos de vosotros y todas esas cosas que se dicen en un momento como ese. Nos preguntó si estábamos bien municionados y ante el echo de que los americanos no se habían presentado aún, nos dijo que descansáramos lo que pudiéramos porque al siguiente día nos esperaría una cita con la historia.
***
Amanecer del 2 de Julio de 1898.
Con las primeras luces del alba, los americanos se desplegaron para el ataque. La división de Lawton se lanzó al ataque sin contemplaciones, la idea que llevaban era la de acabar rápido, ellos creían que un ataque masivo asustaría a los españoles, pensando que esta era una raza inferior, y que saldríamos huyendo como alma que lleva el diablo, nada más lejos de la realidad. El despliegue era longitudinal, buscando abarcar todo el máximo de frente posible, y converger en la cima de la loma. La división de Chafee por el noroeste, por el sudeste la división de Ludlow, por el sur avanzaba la división de Miles, apoyados por el fuego artillero. Los españoles esperábamos agazapados, cada unidad en su trinchera, parapetados lo mejor posible, a una distancia de un metro unos de otros. Aquello parecía una maraña de uniformes rayadillos, sombreros de paja y fusiles, en espera del asalto. La tensión se reflejaba en los hombres, de vez en cuando saltaba algún grito de aliento de oficiales y de algún soldado embravecido, que descargaba toda su presión para motivarnos a todos. El general Vara del Rey se encontraba al pie del fuerte para observar la maniobra del enemigo junto con algunos capitanes y suboficiales. Catalejo en mano, observaba la lengua de hombres de azul que se movía a los pies de la colina no sin cara de preocupación, los primeros ya llegaban a la falda de la montaña. No se ordenaba nada, salvo mantener la calma y disparar cuando les tuviésemos a tiro de nuestros máusers. Yo les veía cada vez más cerca, mi corazón se salía del pecho en espera de levantar mi arma sobre los sacos terreros y comenzar a descargar sobre los “yanquis”. Giré la cabeza y observe a mis compañeros, los tres parapetados con actitud agarrotada, pero al igual que el león, esperando el momento preciso para asestar su golpe de gracia. El “sacamuelas” era el que más cerca estaba de mí, las gotas de sudor le resbalaban por la frente. Ojos en la lejanía, tez blanca casi de muerto, mascando tabaco que el decía que era “medicinal”. Su fusil ligeramente apoyado en los sacos, pero asido firmemente.
-”buummm”- descargo nuestro cañon Krupp, lo que hizo vibrar la tierra, era la señal, comenzaba el día del juicio para muchos de nosotros. Al unísono todos levantamos los fusiles y descargamos un mar de fuego sobre los soldados de azul que ascendían a ritmo vertiginoso la colina. Todos ellos doblaron el lomo contra el suelo al ver a sus compañeros caer ante la lluvia de balas de la fusilería española. Al instante respondieron desde el suelo, las balas nos rozaban nuestros sobreros. Los gritos de los hombres empezaron a oírse por el campo de batalla sin parar, unos gritos que martilleaban mi cabeza, al igual que las balas. Ellos empezaban a avanzar lentamente, sin dejar de disparar, yo no era consciente del numero, pero disparaba a todo “yanqui” que se movía.
-¡ Venid aquí, cabrones y sabed lo que es el acero hispano!- grito el “escocés” cargando y descargando el máuser con gran velocidad.
Las cabezas aparecen y desaparecen a nuestro alrededor para volver a aparecer y descargar con ferocidad sobre los americanos. Los disparos españoles los vuelven a detener. El estruendo de los cañones es ensordecedor, las primeras filas de trincheras son barridas literalmente por la artillería norteamericana y las ametralladoras Colt, saltando soldados y sacos por los aires. A nuestro lado, caen compañeros de la marina y de nuestro regimiento. Los camilleros empiezan a hacer acto de presencia, alguno cae abatido a tierra, en la guerra no hay distinciones, por mucha cruz roja que lleves en el brazo.
-¡Joder, me he quedado sin munición!- salta alarmado Felipe Escribano, que se mira los bolsos con desesperación.
-¡Tranquilo, hay va algo!- le tranquilizo, y sacando de mi bolso de la guerrera un fardo de cartuchos y se los lanzo a la mano. Rápidamente amuniciona su arma parapetado entre los sacos.
-¡Allí, hombres, allí!¡Nos quedamos sin defensa por la izquierda!- nos grita nuestro capitán Garrido. Su cara desencajada no es lo peor que vemos, los americanos han cazado ya a los del regimiento de “Constitución” en las primeras defensas. Rápidamente descargamos contra ellos, pero los muy perros se dan cuenta y desde más atrás nos arrean lo suyo con las ametralladoras. Echamos cuerpo a la zanja, algunas balas ya atraviesan los sacos como si fueran mantequilla. Por suerte, los del regimiento “Cuba” rechazan el ataque. Los americanos empiezan a replegarse, no iba a ser el paseo militar que ellos esperan. En esto han pasado dos horas y no han conseguido apenas avanzar. El castigo siguiente es duro, oleadas de balas de cañón se incrustan en el fuerte del Viso, que ya esta casi en la ruina. Las ametralladoras hacen también de las suyas, descarnando el suelo de hombres.
-¡Aghhh, Aghhh,....me han dado....mierda, ….....joder!-grita el “escoces”.
El “sacamuelas” se dirige a su posición a inspeccionar la herida rápidamente, la evalúa lo mejor que puede, entrada en el costado derecho, con salida por el omóplato.
-¡Esta jodido...mala pinta veo!- asegura el “sacamuelas”, -...yo aquí, no puedo hacer nada- asegura con resignación, y lo venda con parte de la manga de su camisa para que no pierda sangre.
-¡Me cago en la puta!-acompaña al grito Felipe Escribano que estaba al lado, -¡un camillero, ...un camillero, joder!- Grita desesperado “sacamuelas”. Tras unos minutos se lo llevan, no sin incidentes , una bala impacta en la pierna de un camillero que tiene que ser sustituido.
-¡Te pondrás bien, grito sin cesar mientras se lo llevan lo más cubierto posible. No le volveremos a ver, ya que al llegar cerca del fuerte del Viso, una explosión de cañón se lleva por delante, parte de la pared, y tanto los camilleros como su carga, salta por los aires.
-¡Noooo....noooo,.....Hijos de putaaaa!- Grito nada ver la escena, -¡Malditos...Malditos seáis!- grito excitado. Mis compañeros han quedado mudos, con las caras desencajadas. A mis gritos les acompañan unas lagrimas que corren por mis sucias mejillas llenas de polvo.
-Le llego su hora, niño.- llego a decir “sacamuelas” que parecía más acostumbrado al dolor, o eso nos hacía creer, porque a la muerte por mucho que se diga no te acostumbras nunca.
Los americanos mientras, cesan de machacarnos con la artillería pesada, y vuelven al asalto de la loma, tras recibir refuerzos. De nuevo el comportamiento español es ejemplar, descarga tras descarga, los americanos vuelven a echar pie a tierra. La rabia con la que disparo, es acumulable al dolor sufrido, saco cartuchos y cargo sin parar, como si fuera una de esas máquinas de vapor sincronizadas que transitaban las vías de mi amada Castilla. Es increíble a lo que llega el hombre en una guerra, ellos subían a pecho descubierto, bayoneta en ristre en algunos casos, para matarnos como a conejos, nosotros soportando lo inimaginable, ya eramos casi la mitad de los que empezamos, cuerpos mutilados, cadáveres por todas partes, una autentica sangría, ya no era una lucha por la patria, era una lucha por nuestro pellejo.
El Capitán Garrido salta de trinchera en trinchera indicando a los hombres que nos replegamos más arriba, que esto era ya insostenible y que las zanjas nos darán ventaja más arriba para disparares mientras las evitan.
-¡Sal de aquí, Díaz!- me indica al ver que me quedo rezagado cubriendo a mis compañeros.
Salto de la zanja y corro como puedo, intentando esquivar las balas, cuando siento un gran pinchazo en mi pierna derecha, -¡Mierda, ….Mierda!- grito con gran dolor. Caído ya en tierra apretándome al suelo y palpándome la pierna, mi mano se llena de sangre. Miro atrás a ver como esta el frente para intentar incorporarme y salir de allí, llego a ver camisas azules apenas ya a 500 metros de nuestra posición, y al pararme a mirar alrededor mio, veo un metro más atrás al capitán Garrido en el suelo, con una herida de bala en la cabeza, mandíbula abierta, ojos perdidos, inerte, sin vida. Todo aconteció en apenas un minuto, pero a mi me pareció una eternidad, allí me quede mirándolo, en el suelo, inmóvil.
Mi cabeza empieza a dar vueltas, solo al rato, unos brazos que me levantaron. Alguien me coge y me incorpora pasando el brazo por su hombro. Empezamos a caminar lo más rápido posible, yo no me fije en quien era, solo podía mirar atrás y ver a otros españoles tratando de subir con nosotros, unos caían, los otros disparaban cubriéndose la retirada. Los azules seguían ascendiendo colina arriba entre descargas más o menos organizadas. Llegamos a la línea de retaguardia. Los hombres seguían disparando parapetándose en lo que podían, rocas, sacos, y lo que hubiese a mano. Se llevo hasta un carro que teníamos para evacuar los heridos como parapeto.
Serían las 15 horas de la tarde, los americanos seguían pegados al suelo entre la mitad de la colina y las primeras líneas de trincheras. Habían podido subir las ametralladoras hasta la posición y el fuego era ya insoportables. La munición de los nuestros escaseaba y también los lugares donde cubrirnos. Yo tuve suerte, me salvo un marino de Cartagenera en plena vorágine. Unos camilleros me vendaron como buenamente pudieron, y retome el combate al lado de Felipe Escribano y un puñado de hombres que quedaban de nuestra sección. Felipe me dijo, con gran pesar, que “sacamuelas” cayo abatido y muerto al intentar cubrir a unos voluntarios de Valmaseda.
Los americanos volvieron a levantar rodilla del suelo y continuaron arremetiendo contra nuestras ya maltrechas defensas, eran ya las 16 horas, cuando se nos dio la orden de evacuar El Caney. La defensa de la plaza era ya insostenible. A nuestros oídos llegaron noticias de que dos de los hijos del general habían muerto en el combate y que el propio Vara del Rey era evacuado en camilla con heridas en las dos piernas. Los hombres dispuestos en retaguardia, los más veteranos, echaban pie a tierra y disparaban para cubrir la retirada, corren y vuelven a poner rodilla en tierra para volver a disparar, entre gritos de retirada de los mandos. El resto avanzamos lo más deprisa posible. En una de las internadas en la manigua, nos topamos con el viejo general Vara del rey, se encontraba junto a algunos suboficiales heridos de poca gravedad. Postrado en una camilla de campaña a manos de varios camilleros, solo se le oía repetir, -¡salven lo que puedan, ….salven lo que puedan, ....hay que llegar a Santiago....!.
Esa sería la última vez que lo viéramos vivo.